—Eso son cuentos.

—Entonces, ¿á qué viene?

—¡Yo qué sé!

Un silencio.

—Á propósito, Bertuco: ¿no fumas?

Bertuco oprimió instintivamente con el codo una cajetilla que guardaba oculta.

—Vamos, Padre... ¡Qué bromas! Tan prohibido como está...

—Vaya... vaya... Si yo no te he de reñir... Confiesa...—El jesuíta amabilizaba la voz, una voz extraña, vacilante.

Bertuco pensaba: «Quiere tenderme una añagaza. ¡Pobre hombre!»

—¿Por qué callas? ¿No tienes confianza conmigo? ¿Crees que soy malo? Me gustaría que dijeses la verdad. De seguro tienes pitillos. Y si no los tuvieras y yo sí, te los ofrecería de buen grado...