Ruth Flowers había nacido en una de las islas del Canal, en Jersey. Por la traza corpórea pertenecía al tipo angélico de la mujer inglesa: figura espigada y fusiforme; equívoca sexualidad de efebo; el continente, virginalmente tímido; la complexión ó matiz del rostro, según aquel terceto de Isabel Barret Browning:

And her face is lily-clear,

Lily-shaped, and dropped in duty

To the law of its own beauty.

Un rostro embebido en luz, como la azucena, y en forma de azucena, y rociado de una á manera de gravedad que no era sino la conciencia del respeto debido á la propia hermosura; azules los ojos, dulce oración bajo el relicario de la nevada frente; rubio lino cardado, la cabellera. En lo espiritual, era soñadora, sensitiva y dócil á todo linaje de quimeras. El mar múltiple y Shakespeare múltiple habían envuelto su infancia. Su casita, sobre la playa de Saint Helier, enfrentábase con la fortaleza, ya en ruinas, que la Reina Virgen levantara, mar adentro. Desde su isla alcanzábase á ver, del lado allá de las olas, en los días serenos, una mancha lechosa de tierra francesa, en donde está la tumba de Chateaubriand. Y no lejos de su cuna yérguese la mole bélica del castillo de Mont Orgueil, sobre el acantilado rudo que multiplicó el canto de Childe Harold peregrino.

En Jersey conociera á Villamor, quien, reposándose de los estudios que le habían llevado á la Gran Bretaña, veraneaba en Jersey. Á poco de relacionarse contrajeron matrimonio.

Ruth pensaba en España como en una tierra encendida de rosas y poblada de aventuras, el país de la novela cotidiana.

Cruzó, en su viaje nupcial, la llanada francesa, amable y riente, y desde San Sebastián, siguiendo la costa del Cantábrico, llegó á Regium, húmedo y melancólico. Villamor había alquilado una casa en la calle de Zubiaurre, frente al mar; un mar verdinegro y hosco, como el de Ruth. ¡Y ella que había soñado con un mar latino, color de añil, tachonado de velas purpúreas...!

Al año de matrimonio llegó una niña, Grace, y dos años más tarde un varón, Lionel.

Villamor amaba á Ruth con tan delicado rendimiento que no gustaba ni atinaba á decírselo, experimentando cierto pudor de la palabra como de cosa fútil, vestidura de ficciones y tosco remedo del amor. Acordábase de sus breves aventuras con damas galantes, y la herida que le hacían en el sentimiento con charlas mimosas de encarecido afecto, moviéndole á apartarse de ellas con repugnancia. Muchas veces era tan caudalosa la crecida de su pasión que se hubiera arrojado á los pies de Ruth murmurando mil locuras que se le atropellaban en los labios y pidiéndole caricias, como un niño; pero el temor de caer en liviandad á los ojos de su esposa, le contenía. Ni aun osaba mirarla con amorosa insistencia, por miedo al ridículo ó á que en sus ojos adivinara Ruth alguna vislumbre de torpeza. Era de un exterior frío, reconcentrado, impasible: como los líquidos bullidores y expansivos, necesitaba un continente muy recio. Hasta con sus hijos parecía adusto.