El corazón de Ruth, tierno y nacido para el halago, no comprendía al esposo, y juzgaba como desamor lo que no era sino amor acrecentado. Esclavos los dos de la propia dignidad, una timidez y frialdad aparente se había unido á otra timidez fría en la superficie, de suerte que en el trato familiar se les interponía una terrible y opaca oquedad. Y así vivían mano á mano, alejándose por momentos; ella cada vez más triste y más ausente del hogar con el pensamiento; él cada vez más enamorado y más triste, comprendiendo que su Ruth dejaba de quererlo.

Las continuas cavilaciones y melancolías de Ruth—tras de los vidrios del mirador, cara al mar; el artístico volumen de Longfellow ó de Shelley, caído en el regazo—trajeron por obra una gran alteración nerviosa. La linda azucena del Norte se mustiaba. Observábala cautelosamente Villamor, atribulado y sin saber cómo acudir con el remedio. Al fin, temiendo serias complicaciones del mal, se atrevió á decir:

—Querida, me parece que Regium no te sienta. Es preciso que pases una temporada de campo, de montaña á ser posible. Si quieres ir á Jersey, no te contrarío. Pero, en mi opinión, te conviene un clima de altura. Mi madre vive en Agnudeña, ya sabes, una región abrupta y solitaria; se parece á los highlands escoceses. Te gustará. Mi madre aún no te conoce; te querrá mucho. Creo que tú también la querrás. Es una mujer sencilla... aldeana... pero...

—Eso ¿qué importa?

—Gracias, Ruth. ¿Te gustaría ir?

—¿Por qué no?

—Llevarás á los niños y á la nurse. Para todos será muy saludable. Os acompañaré una corta temporada, porque las obras del puerto... ya sabes...

—Como quieras.

—¡Ah! Perdóname. No quisiera ofender tus creencias; pero es preciso que mi madre piense que eres católica, y hasta... No me atrevo.

—Habla.