—Hasta que asistas á misa. En este caso sólo podremos ir. De otra suerte, imposible.

—Como quieras.

Se fueron al arriscado Agnudeña. Ruth, la niña y la nurse hablaban inglés, y contadas frases en castellano. El niño comenzaba á chapurrar la lengua paterna. Villamor les sirvió de intérprete en la montaña. Á Ruth le gustó la braveza del paraje y la buena gracia pastoral de sus moradores. La vieja estaba encantada con su nuera y sus nietos. De la una decía que Dios no hace cuerpos tan guapos si no es para infundirles un alma buena, y que parecía talmente un querubín. De los nenes que eran pintiparaos los angelotes de las estampas. La que no le entraba enteramente era la nurse, á causa de lo acecinado de su semblante y de lo doctoral de sus lentes.

Ruth asistía los domingos á misa. El santuario era una ermita montañesa, rodeada de castaños patriarcas, y con un esquilón de acento inocente y díscolo. Los santos, toscamente entallados en madera, tenían esa rigidez bizantina que sin duda conviene á la bienaventuranza. Dentro del recinto olía á monte y á fortaleza. Y Ruth comprendió que aquella sed que alteraba sin tregua su alma podía satisfacerse en las aguas de la religión católica. La fiesta del patrono acaeció estando Ruth en Agnudeña. Sobre el pavimento de la ermita los montañeses amontonaron un tapiz de espadaña, juncia, romero y rosas carmíneas. Los incensarios borbollaban fragancias de Oriente. En el coro, seis cornamusas vertían sin reposo guturales y halagadoras canturrias. Ruth sintió á modo de una ebriedad; era su tierra de promisión, lo emotivo y lo pintoresco de la novela cotidiana que había soñado frente á la fortaleza de la Reina Virgen.

Allí mismo, sin salir de Agnudeña, hubiera entablado conversaciones piadosas con el párroco; pero éste, aparte la agria cerrazón de su dialecto, era un bárbaro que vivía sólo para la caza y otros ejercicios violentos y crueles.

De vuelta en Regium, Villamor buscó un preceptor que enseñase correcto castellano á sus hijos.

—Es un amigo íntimo mío, Ruth, que por especial favor accede á mi deseo. Ha viajado mucho, hasta el Japón, y habla correctamente el inglés y el francés; de suerte que contigo puede entenderse en tu propio idioma, y, hasta si lo deseas, darte lecciones de castellano. Tiene gran talento y elocuencia; no será raro que lo elijan diputado en la próxima legislatura. Se llama Luciano Pirracas. Espero que, por su educación y particularidades, no te cause enojo, antes te sirva para conversar y distraerte.

Don Luciano Pirracas apareció en casa del ingeniero. De primera intención, á Ruth no le fué simpático. Andaba por la treintena y era adiposo y locuaz. Su charla, como la atmósfera, envolvía todas las cosas existentes sobre la haz de la tierra. Dijérase que nada podía vivir como no fuera alentando en su palabra profusa. Á fuerza de perspicacia daba en superficial; tocaba los asuntos en la costra y los creía ya resueltos. Describiendo tierras exóticas lograba poner en sus frases vivos colores y evocaciones repentinas. En tal caso, Ruth le escuchaba con atención. Era anticlerical furibundo, é induciendo de la religión de Ruth que ésta le prestaría aquiescencia, disparábase en vituperios contra la clerecía y muy particularmente contra la Sociedad de Jesús. Pero Ruth, que vivía en crisis religiosa, le vedó con delicadeza que la hablara de este extremo.

Insensiblemente, Pirracas se fué enamorando de Ruth, y como no era hombre de vida profunda, la mujer del ingeniero lo comprendió en seguida, agradeciéndole la nobleza con que procedía esforzándose en acallar aquel fuego, por respeto al amigo y á su esposa.

Cada vez que en sus paseos dominicales pasaba el matrimonio por delante del colegio de la Inmaculada, á Ruth se le iban los ojos hacia el caserón. Deseaba entrar y desentrañar su vida oculta. Conocía á todos los Padres, habiéndose cruzado con ellos tantas veces; pero ignoraba sus nombres. Los conceptuaba eminentes en santidad y únicos en ciencia divina. Comprendía que sólo ellos eran á propósito para otorgarla la luz de la gracia y un cabezal de sosiego en que adormecer el espíritu. Sin saber cómo, sus ansias iban hacia aquel jesuíta alto, fuerte y austero que regía á los niños mayores. No le había visto nunca los ojos, y, sin embargo, sabía que eran pardos y penetrativos, de esos ojos desnudos, tristes y castos que saben leer en las almas.