—¡Por Dios, Padre Rector! Ni por pienso...

—Acaso el Padre Sequeros... ¿Usted qué opina?

—Yo...

—Sí, usted; puesto que le pregunto...

—Que lo habla como Fenelón, eso ya se sabe.

—Pues dígale esta tarde á esa señora que desde mañana bajará á recibirla otro Padre. Y como no estaría bien hacer esta distinción á favor de una solamente, bueno es que, con cautela, vayan ustedes informando á otras beatas de que el Padre Sequeros vuelve á los ministerios.

Cuando Sequeros recibió la orden, no pudo celar la alegría que le daban. Vió el dedo de Dios eligiéndole, y por la noche se revolcó sobre la tarima de su celda, humedeciéndola de llanto y besándola, y luego se zurraba los lomos con las disciplinas, y murmuraba:

—¡Corazón santo, yo no soy digno! ¡Amado Padre Riscal, yo no merezco...!

En las recreaciones de los Padres hubo comidilla abundosa. La nueva llegó hasta la manida de Atienza, el cual, en la primera ocasión, le sopló á Ocaña en el oído:

—¿Qué te he dicho yo, Ocañita? Que echarían mano de Sequeros cuando lo necesitasen. ¿No te lo he dicho yo? Mira, lo tengo muy bien organizado—. Y daba un golpecito con el índice en la carnosa nariz.