—Muy bien. ¿Quedamos en eso?

Así se hizo.

Ruth acudió puntualmente, aun cuando le repelía el aspecto del Padre Olano y cierta manera crasa y adherente que tenía de mirarla.

Convencida á la postre de que no avanzaba nada en el camino de perfección, escribió un billete al Padre Olano despidiéndose, y achacando su determinación á la dificultad insuperable del idioma. Con la esquela en la mano y sombrío abatimiento en el rostro, el catequista encaminóse á la celda del Rector.

—Pero, hombre, ¿por qué no me ha dicho usted el primer día que esa señora no sabía castellano?

—Yo creía...

—Usted creía que el Espíritu Santo le iba á soplar á usted el don de lenguas, ¿no es eso?

Aquel mismo día, la señora de Villamor recibió una carta, en correcto francés, rogándola que tuviera á bien continuar por el camino emprendido, y que volviera al colegio, en donde hallaría un Padre con quien poder entenderse á su gusto. El Padre resultó ser Conejo, que además de Prefecto de disciplina era profesor de francés, primer curso. Á los pocos días, Conejo renunciaba á la empresa de adicionar un alma á los rebaños del romano pontífice.

—Reverendo Padre Rector, lo lamento mucho, pero no me es posible hacer nada, porque... ó yo no sé francés ó es la señora esa quien no lo sabe. No podemos interpretarnos recíprocamente.

—Lo más probable, Padre Eraña, es que usted lo ignore, y en esto no hay ofensa.