—¡Dios me valga! Van á dar las seis y media. No he sacado el fruto de la meditación ni he hecho examen de conciencia. ¡Jesús! ¡Jesús, ayúdame!

Besó el crucifijo y subió raudamente á las camarillas de los alumnos. Los acompañó, según era su deber, durante la misa, hasta las siete y cuarto; durante el estudio de la mañana, hasta las ocho, hora de desayunar.

Desayunó en el refectorio de los Padres y volvió á la recreación de los niños, hasta las ocho y media, en que comenzaban las clases. Subió á su celda y distrajo el tiempo, hasta las nueve, leyendo libros devotos. Bajó á su confesonario, en la iglesia pública del colegio. Desde el comienzo de la catequización de Ruth, el Padre Arostegui le había ordenado reanudar su ministerio penitenciario, lo cual le originaba estúpidas molestias que Sequeros ofrecía á cambio de culpas veniales. Las madreselvas bloqueaban su confesonario y hasta se enredaban en querellas ruidosas, disputándose la vez que habían de seguir en el turno. Luego, en habiéndose adherido á la rejilla, en fuerza de escrúpulos y sandias menudencias que traían para desembuchar, no había expedienté fácil y piadoso con que dar por terminada la confesión.

Á las diez y media, Sequeros daba su clase de francés, segundo curso, hasta las once. Eran discípulos suyos, Bertuco, Campomanes, Rielas y Rodríguez. Á las once salían los niños á recreo, acompañados de Sequeros, hasta las once y media. Entonces, los alumnos iban al estudio, con el inspector segundo. Sequeros subió á su habitación, en donde hizo examen de conciencia, durante quince minutos. Á las doce menos cuarto asistió á las letanías de los Padres, rezadas en la capilla íntima. La comida era á las doce, y se prolongaba hasta la una menos cuarto. Los Padres subían á los tránsitos, á solazarse platicando, y los alumnos á los patios de recreación. El Padre Sequeros, con los alumnos. Duraba el recreo de los niños hasta la una y media, y á continuación venía un estudio de media hora, preparatorio de las clases de la tarde, presidido por Sequeros. Al final de este estudio Sequeros quedó libre; consentíasele dormir hasta media hora de siesta. Se tendió en la cama; elevó la mirada al cielo raso; sobre la tediosa tersura de la techumbre dióse arte con que esbozar visiones é ilusiones. Dentro de unos instantes llegaría Ruth al salón de visitas. Quizá venía ya de camino. ¡Cuán dócil y bondadoso el espíritu de Ruth! ¡Con qué santa celeridad se alimentaba de las verdades fundamentales de la religión católica, convirtiéndolas en sustancia de su sustancia! ¡Cómo aderezaba con imágenes preñadas de divina luz los místicos arrebatos de su corazón! Los adelantos conseguidos eran sorprendentes: estaba adoctrinada ya en todos los extremos que importan, porque á las veces viene el Señor muy tarde; pero paga tan bien y tan por junto como en un punto da á otros. «¡Oh, mi Jesús y venerable Riscal; qué regalo tan sabroso me hacéis!» Al día siguiente se bautizaría Ruth en la iglesia pública del colegio. Los alumnos en pleno asistirían. El Padre Sequeros iba á verter las aguas lustrales del simbólico Jordán sobre la aurina cabeza de Ruth... «¡Qué regalo tan sabroso me hacéis!» Descendió del lecho y dióse á pasear. De minuto en minuto, sacaba el reloj. «Las tres menos cuarto. No me explico...» Púdole la impaciencia y bajó al recibimiento. Santiesteban, de la sonrisa pútrida, salió á su encuentro.

—Subía á llamarle, Padre Sequeros. La señora está en el locutorio.

Vestía de negro, lo cual sutilizaba su natural sutilidad. Á través del velo, flotante y translúcido, la cabellera tomaba reflejos de metal. Levantóse, así que vió asomar á Sequeros, y corrió hacia él.

Mon Père, mon Père.

Ma sœur, ma chère sœur, ma petite sœur...[6].

Se estrecharon las manos, contemplándose con regocijo infantil. La obligó á sentarse luego y se acomodó al lado de ella. «Hoy, verdaderamente, no tenemos de qué hablar; es día de callar...» decía Sequeros.

De chanter plutôt[7].