«De rezar, hermanita.» «No, no de cantar. Soy feliz.»
—Donc, ¡Aleluya![8].
Rieron, alborozados. Tenían los ojos resplandecientes. Ruth refirió que ya tenía terminado el traje, blanco y muy elegante. «Siempre le dije á usted, Ruth, que el blanco y el negro es lo que mejor le va. Mañana parecerá usted un ángel. Y lo es...»
—Mais non, mais non. Que vous êtes gentil[9].
«Repito que sí. Soy su padre espiritual, y no hay pecado de orgullo en creer lo que digo.» Luego, meditabundo: «¡Qué lástima que no puedan bautizarse mañana los niños! Sería un espectáculo conmovedor. Y su marido, ¿vendrá?» «¡Ay! No lo sé. Ya sabe, Padre mío, lo fríamente que vivimos. ¡Padezco mucho!» «¡Pobre hermanita!» Platicaron sin tasa.
Santiesteban vino á dar la hora: las cinco y media.
—Pas possible[10]—exclamó Ruth.
¡Cómo había volado el tiempo...! Despidiéronse tiernamente hasta el siguiente día.
Los alumnos salían de las clases. En el claustro unióseles el Padre Sequeros; merendaron; salieron á la recreación, en donde, rodeado de un pequeño grupo de adictos y devotos, el inspector les hizo menuda cuenta de varias circunstancias edificantes que habían concurrido en Ruth para ser elegida de la gracia, ponderando la extraordinaria virtud, candor y belleza de esta señora y otras muchas curiosidades que deleitaban á los niños; siguióse el estudio, entreverado de rosario y lectura espiritual; á las ocho, la cena, y Sequeros fué al refectorio de los Padres; condujo luego á los muchachos al dormitorio y retornó al pasillo del piso principal. Los jesuítas paseaban en pequeños grupos, quiénes de frente, quiénes de espalda, platicando sobre nonadas y baladíes rencillas, de muros adentro. Sequeros se sumó al primer pelotón que halló al paso. Lo formaban Landazabal, titubeante y con las manos clavadas en lo mollar del trasero; Estich, ajirafado y redicho; Numarte, panzudo y estólido como un trompo, y Ocañita, minúsculo y murmurador. No había entre ellos ningún profeso, ó jesuíta propiamente dicho, esto es, que además de los tres votos simples hubieran hecho el cuarto, de obediencia al Papa. Numarte y Landazabal eran coadjutores espirituales, Padres graves; Estich y Ocaña, maestrillos. Cuando se les acercó Sequeros conversaban precisamente de las intrigas y favoritismos con que se elegían, contra justicia y caridad, los individuos que habían de hacer el último voto, ideal supremo de todo el que ingresa en la Orden.
—Y usted, Padre—preguntó Ocañita á Sequeros—, ¿por qué no llegó á hacer el cuarto voto?