—Sin duda porque después de mi tercera aprobación los superiores hallaron que yo no era eminente en ciencia ó virtud, como quiere San Ignacio. Pero desde todas las partes se puede servir á Dios.

—Ya lo creo; y mucho más desde nuestro sitio—afirmó Landazabal, deforme.

Pasáronse á hablar del dinero de la Compañía. Las aseveraciones de Numarte, muy amigo del Padre Iturria, procurador, tenían gran fuerza:

—Iturria me aseguró que este colegio es un negocio excelente. Hechas las tres partes de los ingresos, una para el General, en Roma, y otra para el Provincial, queda mucho dinero aún en la tercera, para los gastos de la casa. Según me dice Iturria, lo sobrante lo tiene el Rector, y dispone de ello á su manera, en labores de propaganda, etc. Creo que se piensa hacer un periódico en Pilares y varias reformas en el colegio.

—La verdad es que—interviene Estich—cuando nuestros adversarios propalan que somos ricos, no se equivocan. Y vamos á ver, ¿qué hacen del dinero, tanto en Roma, como en la provincia? ¿Dónde lo guardan?

—Mira este bobo...—replica Numarte—. En un banco de Londres. Eso lo sabemos todos. Según parece, Inglaterra es un país en donde hay cierta seguridad. Es curioso, ¿verdad? Entre protestantes... Ya veis, aquella condenada Isabel...

Y expone Landazabal:

—Sí; porque mira tú que aquí, á cada paso, ¡zas! Hay una algarada de verduleras y terminan apedreando nuestras casas.

—La culpa la tiene el liberalismo—interpone Numarte.

—Pss... ¿Qué más da que la canalla, la hez, la cloaca nos odie?—se pregunta Estich, con inflexiones oratorias—. Con nosotros están los buenos, las clases acomodadas y los ricos. Es fuerza reconocer que, en esto, nuestros Superiores han demostrado siempre una rara habilidad para captarse las voluntades de los que mandan.