El coloquio era perfectamente pueril; los interlocutores exteriorizaban su prurito de opinar á la manera de atolondrados mancebos que ignoran por entero las cosas de la realidad.
Á las nueve y media terminóse el recreo. La comunidad acudió á la capilla. Cada Padre hizo su examen de conciencia y breve oración, retornando individualmente á sus celdas, según iban concluyendo.
Sequeros, luego de quedar en ropas menores, apagó su quinqué y, á tientas, se orientó hacia el lecho. Arrebujábase en las ropas, dispuesto á dormir, cuando, al introducir la mano debajo del cabezal buscando fácil postura, halló un papel, cuidadosamente doblado. Saltó á tierra, encendió el quinqué, leyó:
«Aun cuando nunca logré favorecerle con mi confianza, por sospechar que usted transige harto fácilmente con flaquezas de la carne, nunca pude imaginar que se dejara corromper con tanta prontitud por las pasiones, y mucho menos que las expresara con escándalo de sus Hermanos y del mundo. Se conocen de público muchos de sus pecaminosos diálogos con la señora inglesa. ¡Dios le perdone! Las gentes generalizan su desenfreno atribuyéndolo á todos los hijos de la Compañía. Así, he resuelto disponer que desde mañana no salga usted para nada de su celda. Para nada. El aislamiento le es necesario; labrará usted en su pasado y quizá Dios le toque de arrepentimiento. Por no dar más que decir no suprimimos la ceremonia de mañana, y el Padre Olano bautizará á esa señora, la cual me temo mucho que no esté en disposición por culpa de usted. Repito que no salga usted de la celda para nada. Obedezca la voluntad de su Rector, que en este caso es la de Dios mismo.
P. Arostegui, S. J.»
El Padre Sequeros empalideció atrozmente. Estrujó la esquelita azul, la arrojó al suelo y la escupió. En el formidable biceps de su brazo derecho un nerviecillo comenzó á palpitar. Sin acordarse de que estaba casi desnudo, se lanzó á la puerta, con ánimo de asaltar al Superior y saciar en él su furia; pero le tomó un desfallecimiento de la voluntad y se detuvo secamente en el centro de la estancia. Era la segunda vez que le acometía una iracundia homicida. La primera fué en Loyola, siendo muy mozo, contra el ayudante del maestro de novicios.
—Me viene una tentación, Padre—había dicho Sequeros.
—¿Cuál, hijo mío?—respondió el ayudante, sonriendo fríamente.
Y Sequeros, frenético, arrebatado:
—La de tirarle ahora mismo por el balcón y que le salten los sesos contra las piedras.
El ayudante, inmóvil, con sonrisa gélida, había exclamado: