Ruth exclamó embravecida:

¡Oh, no! That is not true. ¡Tremendous Thing!—Y luego, derritiéndose en llanto, sobre la frente del marido—. I was faithfull with you. I loved you. Forgive me, dearest[12].

En la frente de Pirracas se inflaban dos lóbregas venas; estaba congestionado; sanguíneos los ojos y la mano derecha en el bolsillo de la americana. Intentó hablar y rugió. Violentos escalofríos le sacudían, de arriba á abajo. Asiendo á Ruth por un hombro la zarandeó brutalmente. La mujer se puso en pie á tiempo que Pirracas enarbolaba un revólver.

Ruth empuñó las muñecas de Pirracas, obligándole á permanecer con los brazos en alto. La mujer parecía endeble y el hombre nervudo; los brazos de Ruth, como de espuma; los de Pirracas, roblizos; la carita de ella, de un blanco irreprochable; la de él, púrpura. Pero aquel cuerpo sutil no se doblegaba, y sus manecitas apresaban aceradamente las muñecas del agresor, y éste, fuera de sí, la escupía, la pataleaba, desollándola los tobillos, bramando:

¡Whore, damned whore![13].

Al rumor, acudieron los domésticos, y entre ellos Celestino el delineante. Sujetaron al energúmeno. Ruth se envolvió la cabeza en un chal y salió á la calle.

Eran las ocho de la noche. Los transeuntes de Regium vieron con asombro la silueta rauda y fina de Ruth atravesando calles con rumbo al colegio de los Padres jesuítas. Algunos la siguieron. Curiosearon cuando zarandeó vertiginosamente el alambre de la campana. En viéndola entrar, volviéronse, forjando historias picarescas.

Ruth se adentró por la portería, sin decir nada; apoyóse un momento contra un muro, sorbiendo aire, la mano sobre el corazón. Luego, con voz ahilada y moribunda, suspiró:

—El Padre Sequeros... Yo necesito ver... ¡por Dios!

Santiesteban, de la sonrisa pútrida, estaba boquiabierto. Respondió, á gritos, de manera que su castellano fuera inteligible: