—¡Buen trabajo me cuesta, Padrecito! Imagine: tener que hablar, que oir, que rozarme con una mujerota de esas...
—¡Ay, es horrible!—suspiró Marujina, frunciendo el morrito deliciosamente—. Pero el Sagrado Corazón nos lo premiará. Por supuesto, papá no sabe nada.
—Ni mi marido.
—Ni falta que hace, hijas mías. Esta es una gestión que hemos de llevar á cabo con absoluta reserva. Sor Florentina ha convencido á la superiora, que está ya en ello. Así, pues, el jueves, de anochecida, nos veremos en el locutorio del convento.
—¿Y usted cree que acudirá esa mujerona, Padre Olano?—preguntó la señora, con ansiedad.
—¿Por qué no, Aurora?
—¿Y se dejará tocar de la gracia?
El Padre Olano apartó los ojos que tan gratamente se hallaban apoyados en las lindas interlocutoras y los elevó hacia el cielo raso.
—¡En Dios confío! Además, según mis referencias, es mujer que no tiene abandonados sus deberes religiosos...
—Insolencia, Padre, insolencia.