—Ay, señoras mías; no sé si estará ó no. Pasen, pasen al salón de visitas entretanto—. Y se fué.

No tardó en aparecer el Padre Olano, grande y sencillo como una montaña, como la montaña nevado también en la cumbre, pero de caspa.

—Siéntense, hijas mías. Vamos, vamos, ¿qué ocurre?—Estaba con las manos escondidas dentro de las mangas del balandrán. Aguzaba la mirada por desentrañar el misterio y penumbra de las mantillas.

—Venimos á concluir esa enojosa cuestión de la congregación para el alivio de la trata de blancas, ó como se llame. Le juro, Padre Olano, que yo no sirvo para esto—. Con la mano se arreglaba los ricillos de la sien derecha, levantando la mantilla y mostrando la lechosa frente.

—Ni yo tampoco—agregó Maruja.

El Padre Olano reía con benevolencia, echando atrás la cabeza. Aurora continuó:

—Así que terminemos con esa... esa...

—Sí, Telva les burres. Bonito nombre—. El Padre Olano dijo estas palabras impregnando de severidad el acento.

—Precioso—continuó Aurora—. Pues bueno; así que demos este primer paso, yo no doy otro. Vaya, que no lo doy, Padre. La idea es muy santa y muy buena, como de usted; pero yo no doy otro paso. Este sí, ya lo creo, porque nada se puede hacer más grato al Señor, me parece.

—Así es, hija mía.