FRONTI NULLA FIDES
I
Secuestrado en su celda el Padre Sequeros, desgajado de su prole infantil y de su prole espiritual, del estudio y del confesonario, ¿quién había de ser el pastor preferido de las damas devotas, sino el dulcísimo, casposo y oleaginoso Padre Olano? Veíasele de continuo en juntas femeninas, de visiteo y conferencia con mujeres, enredado de madreselvas temblorosas, á la manera de un bravo roble antiguo, y, sin embargo, ¡cuán entera su reputación! ¡Cuán pulquérrima su fama! ¡Su prestigio, cuán en creciente! Cierto que era muy madurico de años, poco agraciado de rostro y nada aseado de su persona; mas, no por estas nimias circunstancias se ha de entender que se mermase en un ápice su virtud y fortaleza, que para la opinión de sus confesadas y amigas no le cedía en belleza y encanto á un querubín. Habiendo hembra próxima, el Padre Olano se transfiguraba. Un hombre de mundo y poco versado en achaques de cosas santas quizá dijese que los ojos se le inflamaban, que la boca le rezumaba lascivamente y que las mejillas se le congestionaban. ¡Oh, qué dañoso error! Ello es que nadie osó decir semejante dislate é impiedad. ¡Celo, puro celo de las almas! No había sino verle predicando. ¡Cuánta energía interior! ¡Qué manera de doblegarse á las insinuaciones del Espíritu Santo, que bajaba á infundírsele! Las contorsiones que hacía, ¡qué inspiradas! Los gritos, ¡qué patéticos! Los lloriqueos, ¡qué hondos y contagiosos! Seguíanle al punto las beatas, lagrimeciendo y moqueando, que no había cuadro más edificante y gustoso á los ojos de nuestro Señor y del santo Padre San Ignacio.
Pues ¿y en obras de caridad, de labor social, propaganda y beneficencia? Innumerables son las cofradías, archicofradías, congregaciones, sociedades y centros que en Regium nacieron gracias á la diligencia del Padre Olano, todos los cuales existen todavía, á pesar de vicisitudes largas, como si un especial favor divino las rigiera.
Por entonces, una proxeneta de ínfima estofa que había apilado algún caudal en pecaminosos tratos de tercería, estableció una casa de mal vivir en un sitio céntrico; una morada de construcción reciente, y á lo que se decía, con mucha decencia, entendiendo por decencia ¡oh, pícara elasticidad del vocablo! lujo indecoroso. En los círculos canallescos y entre gente libertina, se conocía á la proxeneta referida por el apodo de Telva les burres. Esta mujer implantó el negocio sin perdonar sacrificio. Era voz pública que sus pupilas ostentaban provocativa belleza, que hacían dulcísimo el pecado, exornándolo con no pocas complicaciones de gran novedad en Regium; que acostumbraban bañarse á diario, ó cuando menos un día sí y otro no, y, en suma, que estaban reclutadas entre la flor y nata de las falanges del vicio. Las había andaluzas, madrileñas, catalanas, ¡hasta una portuguesa! Con esto, los umbrales de Telva se elevaron en dignidad. Á los antiguos visitantes (mozarrones zafios y cazurros, chalanes, obreros, marinerazos de toda laya y procedencia) se les dió con el postigo en las narices. Ahora, los contertulios y parroquianos pertenecían á las clases acomodadas de la sociedad: tenderos, consignatarios de buques, empleados de fábricas y almacenes, propietarios, etcétera, etc. Con lo cual, Telva se enorgulleció grandemente. Hízose vestidos de rica tela y severo colorido, compró una mantilla negra, y así ataviada, á lo señor, salía á ostentar su cinismo, paseando las calles más concurridas, visitando iglesias y poniendo en un brete á las señoras honradas.
Las orgías de la casa nueva fueron tan frecuentes y locas, que todo Regium murmuró del asunto, manifestando púdico estupor. Andando el tiempo, las orgías degeneraron en violencias y báquicas necedades. Señoritos y horterillas, así que se embriagaban, acudían en horda á casa de Telva, tomaban el edificio por asalto si se les negaba permiso para entrar, y ya dentro, daban al traste con personas y cosas, convencidos de que con esto conseguían heroico renombre. Y así fué como una pandilla de bárbaros sacaron á rastras á la portuguesa desnuda, tirándole de la cabellera, y con tan poca cortesanía, que le desollaron las nalgas, le magullaron un seno, la acardenalaron y la dejaron con vida por inexplicable antojo de la providencia.
Aquella morada de escándalo y abominación tenía consternadas á las almas sencillas de Regium. Intentaron influir cerca de los poderes públicos, por ver de suprimirla y hasta derruirla; pero fracasaron tan santos propósitos.
Una mañanita, la señora del vista de aduanas, Aurora Blas de Enríquez, hija de confesión del Padre Olano, se presentó en la portería del colegio. La acompañaba Maruja Pelayo, hija también del mismo Padre espiritual, y, en cuanto á la carne, de un reputado ortopédico. Venían de oir la misa del Padre Anabitarte, muy ligerita y simpática. El traje que traían era sencillo; el rostro, empenumbrado bajo la flotante mantilla. Las dos lindas, las dos rubias, las dos gazmoñas; más gordezuela la casada. Recibiólas el hermano Santiesteban, con su pútrida sonrisa.
—Venimos á ver al Padre Olano. Tenemos precisión de hablarle hoy mismo—manifestó con mucho garbo Aurora.