—De eso se trata—añadió el Padre Olano—. Siéntese, buena mujer, y hablemos.

Sor Florentina miró asombrada al jesuíta, en oyendo aquello de buena mujer. La celestina replicó:

—¿Yo buena mujer? ¡Ay! No se burle, señor...

—Siéntese, siéntese y hablemos. Siéntense, hijas mías.

Sentáronse todos. Aurora y Marujina tiritaban de miedo y de asco. La alcahueta sacó un gran pañuelo tan cargado de esencia, que el Padre Olano creyó desmayarse. Hubo un largo silencio enojoso que sor Florentina interrumpió afirmando:

—La misericordia de Dios es infinita.

El jesuíta se agarró á este cabo y asegundó:

—La misericordia de Dios es infinita. No está usted condenada, mujer, ni se ha perdido para siempre; pero, ¡ay de usted si no escucha la voz de quien dispone en cielos y tierra y que en este momento suena en sus oídos! ¡Te llamé y me rechazaste! No olvide, hermana, que si la muerte, en todo caso llega de pronto y cuando menos se piensa, y troncha esperanzas y siega juventudes, en la edad de usted...

—¡Ay! señor; yo no soy tan vieja como parezco. Los malos tratos de aquel... Iba á decir una atrocidad. Usted ya me entiende. Estas señoritas, no; son unas palomas, las pobres. Treinta años, señor, viví con él, chupándome el dinero y cuanto había que chupar. Era un verdadero... bueno, usted ya me entiende.

—No, no la entiendo, ni falta que me hace—contestó el jesuíta, visiblemente malhumorado. Hizo una pausa y continuó:—Á lo que vamos. Confío en que no está usted por entero dejada de la mano de Dios y en que se ha de dejar mover á arrepentimiento por mis palabras. El oficio que usted sigue es el más aborrecible, porque ha de saber, hermana, que esto que hace es pecado mortal, pues se opone al sexto precepto de la ley de Dios; de manera que, después de matar, no hay pecado mayor contra el prójimo, como lo observará si se para un poco en el orden de los mandamientos. En el quinto se nos prohibe matar, y en el sexto, hacer cosas indecentes. (Las damas bajan la vista. Telva sigue al orador atentamente. Este ha ido levantándose poco á poco; ahora está en pie.) Por favorecer este pecado, hermana mía, por intervenir en sucios tratos zurciendo libidinosas voluntades, se ha hecho usted reo de las penas del infierno. Á fin de que conozca mejor la malicia de este pecado, me valdré de la razón natural. Ha de saber, hermana, que ha dado el Creador al hombre una inclinación tan fuerte á esas cosas, porque si el hombre fuese como estatua, dentro de poco ya se habría acabado el género humano. Mas viéndose impelidos los hombres á esto, toman el estado del matrimonio, se casan, y entonces pueden hacer lo que las leyes del matrimonio permiten, y pueden desahogar legítimamente su pasión, sin que de ello resulte ningún desorden, antes bien, es como las pesas de un reloj, que hacen andar con buen orden y concierto la propagación del género humano. Mas si usted, por antojo ó codicia hace gastarse al hombre, es ciertísimo que Dios nuestro Señor, estará muy agraviado de usted, que le gasta inútilmente y por antojo esa sustancia, medio de conservación y propagación del género humano, y que le impide, destruye y mata aquellos seres que con el tiempo existirían. Si usted toma una naranja y la estruja, ¿cómo queda? ¡Ay, Dios mío! Toda enjuta, árida, seca, y no es buena para nada. Pues lo mismo pasa con los hombres que usted toma entre sus manos, y los estruja de manera que no les quede blanca en los bolsillos, y los deja áridos y disipados de suerte que ellos mismos se abren la puerta á todas las enfermedades y al infierno. Considere cuánto cargo pesa sobre su conciencia, hermana, por favorecer y alentar este hediondo vicio que Séneca llama mal máximo, y Cicerón peste capital. Piense que si la misericordia de Dios es infinita, no lo es menos su justicia, y que las iniquidades que usted promueve van llenando la copa de la divina paciencia. Y entonces, ¡ay de usted y de sus infames asiladas! (Aquí la voz del Padre Olano se hace recia y tonante. Telva simula suspirar.) Se ha visto perecer á personas repentinamente en medio de los goces venéreos, y á una vieja de Alejandría que se ocupaba en prostituir mancebos y doncellas, como usted, la devoraron cierta noche los diablos en forma de feroces perros negros. (Telva se estremece. Sor Florentina hace guiños á sus amigas, dándolas á entender que tiene buenos presentimientos. El Padre Olano endulza el tono, lo hace confidencial.) Y bien, hermana: aparte de estas consideraciones que le he hecho, ¿no siente usted el espíritu fatigado con una existencia tan azarosa y triste? Digo triste, porque convienen respetables doctores en que siempre es triste el vicio, y más que ningún otro éste de que se trata y de que usted hace profesión. Omne animal post coitum tristatur. Lo propio que á las bestias les acontece á los hombres; como que en este caso no son sino bestias del peor linaje, y usted, hermana, puede sernos testigo de mayor excepción por las muchas bestialidades de que ha sido víctima y malos tratos que la han inferido. Pues, ¿y qué diremos del pecado de escándalo en que usted cae de lleno sustentando esa casa de mal vivir? ¡Ay, hermana! Retírese del vicio, cierre esa aduana de Satanás, y guíese por las personas que solamente su bien procuran, como somos nosotros, si quiere salvar el alma y hasta el cuerpo.