Telva escondió el rostro, abrujado y socarrón, entre los pliegues del pestífero pañuelo y rompió á llorar amarguísimamente. Como su llanto se prolongase con exceso, acudieron los presentes á consolarla, pensando para su sayo, «esto es hecho». Alentáronla con palabras amigas; le hacían ver los errores y peligros del pasado y cómo, de continuar al frente del burdel, la asesinaría cualquier día un libertino beodo; daban por sentado que tendría algún dinero con que vivir honestamente, alejada de tratos de tercería, y por si no lo tuviese la prometían favorecerla. En esto, Telva se levantó de su asiento, dispuesta á marcharse. Los otros cuatro la miraron, llenos de ansia, aguardando una contestación concreta. La vieja celestina enjugó sus ojos y arregló el mantón con mucha parsimonia.
—Vaya, yo me voy, que ustedes tendrán que hacer y mis mujeres andarán todas revueltas. ¡Ay, señor! ¡Ay, señoritas! Ustedes, ¡qué buenos son! ¡Qué santinos! ¿Cómo les voy á agradecer? ¡Qué razón tienen! ¡Qué razón tienen, en eso de los maltratos! Parece que los inspira Dios... ¡Si ustedes vieran...! Aquello no es vivir, es un infierno: tiene razón el señor cura. ¡Ay!—dirigiéndose á la señora de Enríquez—. Si todos fueran como el su marido. ¡Qué hombre tan formal, tan simpático! Allí llega todas las noches; tráenos dulces, siéntase en el comedor, y cuándo con la Portuguesa, cuándo con la Pepa, cuándo con Loreto... En fin, mejor no cabe. Ni un grito, ni una bofetada nunca. O como su padre de usté, el señor Pelayo—dirigiéndose á Marujina—. ¡Ay, qué señor! Es un bendito. Antes se seca el mar que él falte por las tardes. ¡Y qué cariñoso! Que pañuelos, que faldas, que blusas, que cadenas, que peinetas; á las niñas no les falta nada. ¡Lo queremos tanto...! Vaya, que será tarde. Adiós, señora. Adiós, señorita. Adiós hermana—á sor Florentina—, ya sabe dónde está su casa, Munuza, 5. Lo mismo le digo, señor cura, y no deje de ir para que concluyamos de hablar de estas cosas.
La proxeneta salió majestuosamente. No había llegado á la calle cuando caían en tierra, tomadas de sendos berrinches ó desmayos, sor Florentina, Aurora y Maruja. El Padre Olano estaba aterrado, maldiciendo la hora en que se le había ocurrido la liga para la supresión de la trata de blancas. Á sus pies, Aurora mostraba las piernas, macizas y gentiles, cuya blanquísima carne trasparecía por el punto de seda. El Padre Olano no pudo menos de considerar cuán bellas eran, y con esto sintió que el pecho se le aliviaba de la contrariedad sufrida.
ACTA EST FABULA
I
En la puerta del refectorio, los inspectores primeros aguardaban la salida de sus grupos respectivos. Aquel día, después de comer, los mayores echaron de menos al Padre Sequeros. En su lugar, la temerosa é ingente nariz de Mur avanzaba por el claustro, de salida del comedor, trayendo en pos, casi escondido, al citado jesuíta. Se originó un movimiento de sorpresa y expectación. Cada niño construía una hipótesis, que aclarase la ausencia del Padre Sequeros. Aun cuando desde el refectorio hasta el patio de recreación había muy corto trecho, Caztán, el mexicano, no supo reprimir su impaciencia y susurró al oído de Coste, que iba delante de él en filas:
—¿Qué será del Padre Sequeros?
Coste, con aquella liviana inconsciencia que de ordinario le inclinaba al desatino, respondió: