—¡Joasús, Joasús!
Su consternación era tanta, que Bertuco sintió remordimiento de haber sido cruel.
—No seas boba. Es que los niños son muy malos; no me gusta que digan cosas de ti.
—Pero, ¿dónde los tó dejar, neñín de mío alma?
Bertuco la condujo, á campo traviesa, hasta la espalda del colegio, al pie de cuyas tapias había unas tupidas matucas.
—Escóndelos aquí.
Teodora dudaba.
—¿Y si me los arroban? ¡Ay! Y cómo están los praos, pingando mismamente. Tó coger un ruma con estos zapatos de satén; Dios m’ampare.
Volvieron á las vereditas que se hacen al frente del edificio. La aldeana detúvose y contempló recogidamente la grave y cejijunta mole.
—¡Joasús! Paez un maricomio.