El niño Alberto Díaz de Guzmán, conocido familiarmente por un diminutivo, Bertuco, salió de Pilares en el primer tren de la mañana. Acompañábale la vieja sirvienta Teodora, mujer de extremada sencillez, la cual había llenado cumplidamente para con Bertuco maternales menesteres desde la prematura orfandad del muchacho. Teodora iba aderezada con sus más ricos arreos y prendas; monumentales arracadas de aljófar, que le pendían hasta la base del cuello; pañuelo de seda recia y gayos colorines, anudado debajo de la barbeta; gran mantón negro, de seda también, con muchos bordados y luengos flecos torzales; falda muy fruncida, de merino; una docena de enaguas que abombasen y diesen buen aire al cuerpo andando, porque en esto consiste el toque del vestir de lujo y á lo señor; almadreñas, y un paraguas rojo. Bertuco, que comenzaba á prever atisbos del arte indumentario, consideraba que semejante acompañamiento le ponía en ridículo. Intentó ir solo á Regium, á lo cual Teodora acudió espantada:

—¿Tú qué dices, mi nenú?

—Voy para catorce años.

—¿Yo dejate solo?... ¡Non lo premita Dios!

Teodora pretendía tomar billetes de primera clase; mas Bertuco se obstinó en que habían de ser de tercera, y, á lo sumo, á lo sumo, de segunda. Asustábale pensar que las gentes de su propia condición le sorprendieran sometido á tan extravagante tutela.

En las calles de Regium los miraban con asombro, mofándose discretamente de aquella vieja, ataviada á usanza de tiempos remotos. Visitaron el bazar de Badila, en donde Bertuco se proveyó de lo necesario para el aseo personal durante el curso; llegaron hasta el puerto, por contemplar el mar, que andaba muy enfurruñado en aquella ocasión, y, poco antes del mediodía, tomaron el camino del colegio.

—¡Ay, Bertuco! ¿Por qué no vamos á comer á una fonda? Tiempo tienes de encerrate. Otros años, cuando venías con tu padre, ¿entrabas también pa comer? ¡Ay, Joasús!

Bertuco apretaba el paso; Teodora, siguiéndole malamente, enjugaba los ojos en un pañuelo á cuadros. Poco antes de llegar al colegio, Bertuco se plantó delante de la anciana.

—Oye, Teodora: no quiero que vayas con madreñas y con paraguas. Ya lo sabes. Tendrían risa los compañeros para todo el curso; no quiero que me tomen el pelo.

Teodora, sin atinar á decir cosa con cosa, exclamaba, haciéndose cruces: