—Jesús, Jesús.

—Quiero despedirme de los amigos; de Bertuco, de Ricardín, de ti, ¿sabes? Á ver si os podéis escabullir un momento. ¡Ah! Oye. No me acusarás...

—Calla, hombre. Tú, aguarda más dentro, por si acaso nos ven—. Y salió corriendo pradera abajo, menudeando los gritos.—¡Ahí va! ¡Ahí va!—Dió un puntapié á la pelota y la proyectó á una altura excelsa.

Coste se internó en el bosque, sentóse sobre un gran guijarro y aguardó. Pasaba el tiempo y nadie venía. Á la vuelta de media hora, onduló un silbido cauteloso. Respondió Coste, silbando de su parte. Entre los árboles avanzaban Ricardín, Bertuco y Rielas. Ricardín venía con claras señales en el rostro de no traerlas todas consigo; Bertuco, muy sereno. Se abrazan los niños.

—Adentro, más á la espesura—dice Bertuco.

—¡Por Dios...! ¿Y si nos echan de menos?—pregunta Ricardín.

—Ya daremos cualquier disculpa.

—¿Sabéis? Me escapo. El Padre Mur me odia, todos me odian. Yo no puedo vivir así. Sólo vosotros sois buenos...—explica, de camino.

—¿Y cómo te las vas á componer?—inquiere Bertuco.

—Allá veremos. Este debe de ser el camino de Ribadeo. Tú sabrás, Ricardín.