—¡Sooo, Castelar! Sooo... Párate.

Coste, densamente pálido, escucha. Sí; se oye muy cerca gran gritería. Son los alumnos del colegio. De seguro están en los prados del lado de allá de la robleda.

—Riá, riá, Castelar. Á escondernos, no sea el diaño que nos atrapen.

Se sumen en lo más intrincado y espeso del bosque de robles. Luego, el niño ata su borrico á un tronco, y con paso furtivo, reptando entre tojos, avanza hasta la linde de la arboleda. La tentación es más recia que sus temores. «Si pudiera ver á Bertuco y á Ricardín, despedirme de ellos... Siempre me han querido.» Ya ve las praderías, parceladas por seto vivo de zarzamoras; y ahora á un grupo de Padres, sentados en la hierba, leyendo el breviario; y á los niños, que han traído los balones y juegan sin reposo. «Si un balón cayera del lado de acá de aquella sebe y viniera á recogerlo Ricardín ó Bertuco...» Pensado y acaecido. La pelota de cuero traza en el aire una gentil parábola, gana al caer la sebe y rueda por la grama con tanto impulso que anda á punto de entrar en el bosque. Un niño salta el seto, corre en seguimiento del balón. El atribulado Coste apenas se atreve á asomar el hociquito. «Si fuera un fuelle...» No, no es un fuelle; es el beatífico Rielas.

—¡Chissst! ¡Chissst...! Rielas...

Rielas alza los ojos y retrocede sorprendido.

—Oye, Rielas, ven aquí; como que tropiezas el balón con el pie y se mete por aquí. Oye.

Obedece Rielas.

—Pero, Coste... Jesús.

—Me he escapado, ¿sabes?