—Pues déjeme aquí la comida. Hoy tengo un hambre tremenda.

—¿Hoy, señor Coste?

Y Santiesteban se va, después de haberle ofrecido su pútrida sonrisa.

Así que ha comido, el muchacho guarda en el pañuelo las sobras y las esconde debajo de la almohada. Permanece sentado hasta que Santiesteban vuelve á retirar el cubierto. En estando nuevamente á solas, arranca el tirador de la mesilla, endereza la argolla y va á la puerta con ánimo de forzar la cerradura, lo cual consigue á los pocos tanteos. Extrae una frazada del lecho, y se la carga al hombro; torna en la diestra el pañolico de la comida y sale decidido. Desciende hasta el tránsito en donde están las celdas de los Padres; recorre varias puertas hasta una en cuyo umbral deposita el cobertor y el hatillo. Llama. «Adelante», responden desde dentro. El niño penetra y se hinca de rodillas á los pies del Padre Sequeros.

—Padre, vengo á despedirme de usted, porque me escapo, y á pedirle perdón por el mal que le haya hecho, ó que de usted haya dicho. Le juro que nunca tuve mala intención.

—¿Cómo? ¿No ves que no puedo dejarte huir? Sería un remordimiento, un cargo...

—Si no me dejara, Padre, no sé lo que haría, no sé..., no sé. Ya no puedo más.

—Pues que Dios te ampare, hijo mío—. Y le bendice.

Coste toma al salir su bagaje y viático; baja escaleras; atraviesa pasadizos; se enhebra en la angostura de un tendejón sombrío, húmedo; se detiene, vacila, zozobra, murmura; «¿se lo habrán llevado?» Decídese al fin y éntrase por la cuadra. Castelar relincha; Coste grita, abraza á su amigo, lo besa y le dice expresiones tiernas: «¡Queridiño, queridiño! Vamos á Ribadeo. Ya verás allí. Te haré una albarda guapiña, con madroños; te compraré lo que quieras, para comer. Vamos, vamos, queridiño, no sea que nos pesquen.» Y, luego de sujetarle la frazada con una cincha, á manera de montura, sale á los patios exteriores, conduciendo al asno del ramal. Cruzan el patio de la segunda, hasta el cobertizo nuevo; en una rinconada hay un portón. El chicuelo hace saltar el candado con una piedra. No sabe si tirar á campo traviesa ó deslizarse junto á los muros hasta la espalda de la casa; resuélvese á favor de la última manera. Camina con tiento, pisando sobre las matas á veces. Ahora ha dado un traspié por haber tropezado con un objeto incomprensible. «¿Qué es esto?» Y saca del matuco unas almadreñas y un enorme paraguas de seda roja. Como no tiene el sentido de la propiedad individual, muerto de risa, se apodera del raro paraguas y atribuye su hallazgo á la merced divina que se lo coloca á los pies, quizá por valimiento del Padre Sequeros, para el caso en que, durante su huída á la dulce patria, se abran en agua las nubes.

Ya está, á rebalgas sobre Castelar, en campo abierto. Lo tupido de la población queda á la izquierda; detrás el colegio y la tierra montuosa; al frente, una rala prolongación de la ciudad y más al fondo el mar; paisaje de costa, rocas en acantilado, pinares, á la derecha. No cabe duda que siguiendo la orilla del mar todo el tiempo se llega á Ribadeo; pero, ¿de qué costado?, ¿del derecho?, ¿del izquierdo? Coste, dejándolo á la libre determinación de la cabalgadura, como hizo San Ignacio en parecido trance, ya no piensa en otra cosa que en su libertad reconquistada. Castelar toma, sin vacilación, un camino con derrotero á la derecha. Aquella parte la conoce bien Coste, que han venido allí de paseo con frecuencia; sabe que detrás de la robleda hay praderías, y luego unos pinos, y más luego arenal, y el río Piles y la playa, y el mar...