Llevaba Coste ocho días de encerramiento. Con la inacción, las mantecas se le habían dilatado; sentíase torpe y perezoso. Era una mañana transparente y risueña. Por detrás de los vidrios, espiaba el bullicio que movían sus compañeros en el recreo matinal, después del desayuno. Vió á los inspectores agitando la campanilla; á los niños, abandonar sus diversiones y acudir á las filas, y á éstas moverse pesadamente, con derrotero á la clase. De pronto hubo un alto. Apareció el Padre Rector; dijérase que hablaba, ante la prole infantil. ¿Qué ocurre? Las filas se deshacen súbitamente; los niños parten á la carrera, en todas direcciones, brincan, profieren alaridos, lanzan las boinas al aire; un frenesí. Coste comprende; es día de campo. Y á él, ¿lo dejarán preso? El corazón se le alborota, angustiado; enternécensele los ojos; aguza los oídos hacia el tránsito, en espera de pisadas venturosas. Más tarde, ve cómo se forman de nuevo las filas, y desaparecen, y se oye, alejándose, la charanga del colegio que toca la acostumbrada diana:
Después, la pesadumbre de un silencio infinito cae sobre la inmensa casa vacía. Coste se ha tumbado en el camastro. Está rabioso, rechinando los dientes. Se incorpora; ha tenido una idea. Prorrumpe en una risotada, y dice, en voz alta: «Luego, luego.» Se pasea, discurre, robustece su plan.
Á mediodía, Santiesteban se presenta con unas viandas fiambres. Coste investiga ladinamente.
—¿Por qué me traen comida fría?
—El cocinero no está en la casa, señor Coste.
—Pero alguno habrá que las caliente.
—Nadie hay, señor Coste.
—Pero ¿se han ido también los Padres de campo?
—Estamos solos usted y yo, señor Coste, y algún fámulo.