—Sí, señor. Anoche el Hermano Santiesteban me trajo sólo una bolla mojada en agua. Ya ve usted, Padre, yo soy de mucho alimento. Y si me echan, ellos ya no tienen que ver.

—Ya lo creo que eres de mucho alimento. Canario; yo no sabía... Á otra cosa. Como la expulsión es tan vergonzosa, he intercedido con el Rector, y por último, ha resuelto perdonarte, contando con tu enmienda, ya sabes. Y de aquí en adelante procura hacerte simpático al Padre Mur.

Ni la expulsión le parecía vergonzosa á Coste, ni la intercesión de Conejo le hacía ninguna gracia. Disponíase á partir el Prefecto.

—Padre Ministro, Padre Ministro. ¿Me van á tener mucho tiempo encerrado?

—No sé. Allá veremos.

—Si usted quisiera que me mudasen á otro cuarto, desde donde pudiera ver á los compañeros durante la hora de la recreación...

—¿Para hacer telégrafos?

—No, Padre; para verlos. Así, solo á todas horas, me da tristeza.

—Allá veremos. Adiós, galopín.

Á la hora de comer, Coste volvió á realizar voraces proezas de animal carnívoro. Tras de veinticuatro horas de abstinencia el alimento le pareció gustoso como maná, pero lamentable por la escasez. Á la tarde le mudaron de habitación. Desde el nuevo encierro, aunque á mucha altura, podía contemplar los juegos de sus amigos. Observó que el Padre Sequeros no bajaba á los patios, ni se le veía nunca, y atando cabos y soldando murmuraciones y cuchicheos de los alumnos, dedujo evidentemente que también el primer inspector sufría la pena de reclusión temporal.