Almorranas y muermo,

Sarna y ladillas,

Su mujer se las quita

Con tenacillas.

Esto mismo lo había leído Coste, de escondite, en un libro que tenía el Padre Estich, el literato.

La voz repitió la indecorosa copla. Coste sollozaba:

«Mírame con compasión.

No me dejes, Madre mía.»

Concentró las flacas fuerzas que conservaba; se puso en pie; dió dos pasos... y caía desde el acantilado al embravecido mar. En un picacho cortante se le partió la cabeza, haciéndole perder la vida, no sin antes bisbisear, con débil y delgado soplo: «No me dejes, Madr...»