Un lanzazo de luz hendió las negras entrañas de la noche tormentosa. «Es un faro. Estoy al lado del mar. ¿Andará cerca Ribadeo? ¡Padre Sequeros, Padre Sequeros, ayúdeme!

Divina Pastora,

Dulce, amada prenda,

Dirige los pasos

De estas tus ovejas.

¡No me dejes, Madre mía! ¡No me dejes, Madre mía!» Ante las pupilas del niño, que el delirio dilataba, mil fugaces lucecillas urdían diabólica zarabanda. En los oídos le retiñía un campanilleo mareante. Fantasmas sutiles le rozaban, mosconeando, las sienes. Una voz cantó junto á su oreja:

Lucifer tiene muermo,

Satanás sarna,

Y el diablillo Cojuelo

Tiene almorranas.