Pues todo un Dios...
II
Al día siguiente se despertó con los sentidos ágiles y animoso el pecho. Cabalgó por una carretera durante toda la mañana. Comió en un chigre; bebió sidra; fumó dos emboquillados y salió del antro con dos reales en el bolsillo.
Carreteros, jinetes y peatones le miraban al paso con leve estupefacción.
Á media tarde dejó pacer á Castelar de la hierba de las cunetas, aguardándole sentado en un montón de caliza picada. Preocupábale no ver el mar cerca; pero le habían dicho que aquélla era la carretera de la costa. Reputaba como de buen augurio no haberse tropezado con una horda de gitanos, que roban niños y burros. Pero, luego, pensándolo más despacio, consideraba que acaso fuera dulce la vida entre aquellas gentes de bronce, y hembras hoscas y melancólicas que, apoyando el codo en la cintura, tienden la diestra al caminante, como si solicitasen amor.
Cabalgó nuevamente. El cielo se anublaba. Las nubes se fundían, formando una techumbre pizarrosa. Comenzó á gotear. Luego á llover torrencialmente. Fué á guardarse debajo de un árbol, siendo ineficaz el gran paraguas bermejo; pero, como la noche avanzase demasiadamente, resolvió seguir en busca de un mesón.
El terreno era quebrado y estéril; cañadas y montes vestidos de tojo y de esmirriados pinos.
La obscuridad era mucha y el agua más. Oíase un raro retumbo próximo.
Á la izquierda del camino, lindando con la tenue blancura de la carretera, las tinieblas se espesaban en una masa angulosa. «Debe de ser una casa de aldea», imaginó Coste, asiéndose á esta esperanza. Acercóse, encendió unas cerillas. Era un tinglado de palitroques, cubierto de paja; asilo de caminantes ó pastores. Dentro no llovía. Coste descendió del asno y se acomodó en el suelo. Á poco, caía dormido.
Soñó con pesadillas espantables, y despertó porque la angustia le atenazaba la garganta. Tendió las manos en la sombra, solicitando la compañía de su leal camarada. Buscó de un lado, de otro, medio muerto bajo la losa de presunciones horribles. Castelar no estaba. «¡Sueño aún! ¡Sueño aún!» Se golpeó con furia la frente, se mesó los cabellos, por volver al estado de vigilia. Rostro abajo le corrían hilos de líquido calentuzo, los cuales se le entraron por la comisura de los labios, desparramándose en densidad acre. «Es sangre. Me he hecho daño. Estoy despierto.» Iba á gritar, á orar á voces, suplicando misericordia del cielo; mas la voz se le disipó antes de salir de los labios y los pulsos se detuvieron. Por la carretera, muy cerca de él, pasaban seres fantásticos. Iban en silencio y llevaban una luz. Enloquecido, corrió monte arriba. Caía entre espinas, se arrastraba, volvía á correr. Sonó una detonación. Los oídos le zumbaban. Y corrió, corrió, hasta que se derrumbó, sin aliento ni sentido. Recobróse; tenía las ropas embebidas en agua; tiritaba. La cerrazón era completa. La lluvia azotaba y el viento se revolvía frenético. Aquel vago retumbo de antes se exacerbaba, era ensordecedor.