—Adiós, Bertuco, Ricardín, Rielas... adiós. Ya no os volveré á ver.
Se abrazan; se besan; lloran. Los tres alumnos van á perderse entre la columnata de robles enyedrados. Coste, casi lelo, se desdobla é inicia un breve coloquio.
—Coste, tienes mala pata.
—Muy mala, me c... en diez.
Castelar sacude las orejas con tanto garbo que, al ruido que mueve, Coste vuelve la cabeza. El burro le mira, diríase que amorosamente.
Se oye la charanga del colegio y cómo se apaga, según retorna al cobijo del casón.
La negrura se filtra dentro del bosque. Levántanse mil rumores. Grazna un cuervo.
El muchacho arregla á tientas un lecho de hojas secas; se cubre con la frazada; invoca al sueño. Castelar se acomoda al lado de su amigo, como velándole. Rinde el cansancio al prófugo, que cae dormido murmurando:
Bendita sea tu pureza
Y eternamente lo sea,