—¿Ya no vuelves?—se atrevió á decir Teodora, con la voz quebrada.

—¿Es tu madre?—añadió Conejo.

Y Bertuco, secamente:

—Es una criada vieja.

Teodora, sin haber oído á su Bertuco, murmuraba entre sollozos:

—¡Probín! ¡No tien madre!

—Cierto, cierto, no recordaba—repuso el jesuíta—. Y bien, señor Coste, ¿quiere usted que el niño continúe aquí ó que vaya á preparar sus cosas?

El marino extendió el brazo en dirección á los senos misteriosos de la santa casa, como indicando que estaba dispuesto á la separación.

—Despídete, Romualdo. Despídete, Bertuco—ordenó Conejo.

Pero todos continuaban quietos, cortados, sin saber cómo afrontar el trance. Teodora fué la primera en precipitarse sobre Bertuco, estrujándolo, besuqueándolo, chillando é hipando con infinito desconsuelo. Bertuco se desasió en dos tirones, se arregló la ropa, apretó el entrecejo y refunfuñó, poseído de cólera: