—¡Vaya, vaya! Es ya mucho.
El señor Coste besó á su hijo en la frente.
—Adiós, Romualdo; sé formal, rec...—(Conejo bajó la cabeza)—siquiera un año. Adiós, Padre.
Era cosa de ver aquel hombre tieso y sarmentoso, con los ojos empañados y la voz femenina en fuerza de emoción. Echó á andar hacia la puerta, pero como tropezase con Teodora, se detuvo.
—¿Viene usted sin paraguas, señora? Salga conmigo, que yo la acompañaré hasta donde sea.
Y aquí de los apuros de la anciana. ¿Cómo recogería sus adminículos yendo en compañía de aquel señor tan serio? La pobre mujer interrogaba angustiosamente con los ojos á Bertuco. Este, adivinando el aprieto, no pudo disimular la gracia que le hacía.
—Vete ya. ¿Qué aguardas? ¿Piensas que el papá de Coste va á comerte? Vaya, ¡adiós!
Retozándole la risa en el cuerpo y á impulsos del cariño que allá en el fondo le inspiraba aquella cándida criatura, fué á abrazar á Teodora por última vez.
—No se atribule usted, señora—manifestaba el marino, por hacerse el fuerte, y, tomando del brazo á Teodora, salieron los dos al mundo.
Coste frunció los labios más que de ordinario, como si se esforzara en dar una nota aguda, y los ojos azules de Bertuco adquirieron helado fulgor.