II

Bertuco subió á las camarillas. Coste iba con él, por especial permiso de Conejo. Tomaron la escalera del torreón.

Los dormitorios ocupan un ala entera del piso tercero, la del Mediodía, y una buena parte de las de Levante y Poniente. Es una sala profunda, en cuya lontananza los ojos se extraviaban entre penumbra. Altas como cosa de dos metros y á lo largo de la sala, van en cuatro filas las camarillas, haciendo dos cuerpos, de manera que, de sus portezuelas, la mitad da á un pasillo central y la otra mitad á otros dos pasillos más angostos, los cuales corren siguiendo los muros laterales del recinto.

Bertuco pegó el rostro á los vidrios de un ventanal. Pensaba en Teodora: «¿Se habrá atrevido? ¿No se habrá atrevido?» Llovía copiosamente. El paisaje era un cuadro brumoso, espolvoreado de ceniza.

—¿Qué haces? Paeces fato—advirtió el carrilludo Coste, con mal humor.

—De buena gana abría esta ventana.

—P’ro hombre, con lo que llueve...

Llegaron á la camarilla de Bertuco. Como todas las demás, era un mechinal diminuto, con cabida para una cama infantil y una mesa de noche, que hacía de lavabo en alzándole la tapa. Por toda techumbre, una tela metálica. Á los pies, una percha; á la cabecera, estampas y una pila; en un ángulo, una rinconera, en donde Bertuco depositó, alineándolos, sus avíos de tocador.

Los dos niños se sentaron en el borde del lecho. Coste preguntó:

—Estás triste.