—¡Á la una! ¡Á las dos...! ¡Á las tres!—Y dió al niño vehemente puñetazo en la nuca, con intención decidida de derribarlo de bruces, y lo hubiera logrado si las manos alertas de Bertuco no se hubieran apoyado en tierra.
—¡Haz la cruz con la lengua!
Bertuco, que había vuelto á colocarse de rodillas, no hizo movimiento alguno.
—Á la una, á las dos... ¡á las tres!—Segundo golpe, con redoblado vigor.
Juanito Prendes, de pusilánime corazón, se echó á llorar, y entre acongojados hipos balbucía:
—Por Dios, Bertuco, obedece. ¿Qué más te da?
Á Bertuco no le repugnaba lo repugnante del castigo, sino la humillación que entrañaba. Adivinaba confusamente que aquello que sentía dentro de sí como espina dorsal de su espíritu, la dignidad, en siendo violada y partida, no era posible rehacerla y enderezarla. Hendíasele el corazón de espanto.
—¡Máteme, máteme por Dios!
—La muerte merecías, infame. Haz la cruz, arrástrate, asqueroso reptil—. Y de un puntapié lo envió rodando contra el muro.
Y ya, no Juanito Prendes, que también los seis restantes le suplicaban que se doblegara, sabiendo que el Padre Mur no perdonaría nunca.