Y en un momento de suprema desesperanza y abrumadora vergüenza y asco de sí propio, casi aniquilado por el temor y la amargura, Bertuco se dispuso á obedecer, y sacando la lengua la aplicó al suelo. Dos lágrimas ardientes como la punta de un puñal enrojecido en la lumbre le taladraron los ojos, anublándolos. Dentro del pecho experimentaba el furor de una garra que le rebañase las entrañas.

—¡Lame la tierra!—rugió Mur, con voz estrangulada de ira y torpe fruición.

El paso continuo de centenares de pies había desgastado el ladrillo, formando un polvo terroso y sucio. De otra parte, las fauces de Bertuco estaban resecas. Así que por las tres veces que puso la lengua sobre el suelo convirtiósele en un objeto extraño y asqueroso, como petrificado, que le ocasionaba fuertes torturas y le impedía hablar.

—¡No puedo más...!—articuló con esfuerzo.

Mur le puso el tosco zapato sobre la nuca. El niño, en una convulsión, quedóse rígido, yacente, bañado el rostro en sangre.

—Marchaos ahora mismo de aquí. Y como digáis algo á alguien os hago lo mismo á vosotros.

Los niños huyeron, aterrorizados. Y en estando á solas, el jesuíta arrastró el cuerpo exánime de Bertuco hasta un grifo que hay contiguo á los lugares excusados, y chapuzándole la cabeza le devolvió el sentido.

—Lávate bien esas narices. Cuidado con que nadie entienda nada de esto, porque te arranco el alma negra que tienes, canalla. Hoy no te confiesas, porque eres un sacrílego, ni cenas. Te pondrás en el centro del refectorio, en donde todos vean tu cara maldita de criminal, y no probarás bocado hasta que me repitas de memoria la elegía triste de Ovidio. Por la noche, no cerrarás la puerta de la camarilla; te pones de rodillas en el umbral hasta que yo vaya. ¡Ea! Ya estás listo. Al estudio.

Á la hora de la cena, convergiendo á él las miradas de todos los alumnos que le abochornaban, procuró desentenderse de todo y aprender cuanto antes la elegía. Su cabeza estaba débil y dolorida; las mallas de la memoria, tan sueltas que dejaban escapar los versos á ellas confiados. Al final de la cena sabía tan sólo una pequeña parte:

Cum subit illius tristisima noctis imago