quae mihi supremum tempus in urbe fuit,
cum repeto noctem quae tot mihi cara reliquit,
labitur ex oculis nunc quoque guta meis.
En la camarilla se arrodilló como le habían ordenado. El dolor y el cansancio le rendían. Pasaba el tiempo; oíase el suave ronquido de algún alumno. La luz era escasa y medrosa, á propósito para poblarse de aquellas formas infernales con que los Padres aterrorizaban el cándido corazón de los niños. Aunque la frente le abrasaba, sus miembros estaban ateridos y sus mandíbulas trepidaban de miedo. Cada ruido ó susurro le detenía la circulación; cerraba los ojos, por no ver la cabra ó el cerdo endiablados. Allá, muy avanzada la noche, se le apareció Mur de pronto. Venía envuelto en una manta de Palencia y descalzo. Sin decir palabra, arremetió sobre Bertuco á puñadas y rodillazos, estrujándolo contra los hierros de la cama. Con el furor de la arremetida, la manta se le desprendió de los hombros, dejándolo en ropas muy menores y descuidadas, á través de las cuales mostraba velludas lobregueces, y las vergüenzas, enhiestas. Cuando tuvo al niño bien molido, se fué, cerrando la portezuela de golpe.
Bregaba aún Bertuco, antes de conciliar un reposado sueño, entre la vigilia y un sopor plúmbeo, henchido de incoherencias y desatinos, cuando la frigidez de un chorro de agua y unos sañudos pellizcos, aplicados con mano férrea, le hicieron lanzar un grito y abrir los ojos. Mur estaba en pie, junto al lecho, envuelto en la manta.
—Vístete de prisa, y ponte de rodillas.
Era noche aún. Bertuco siguió el curso del tiempo, por el reloj del observatorio. Le habían hecho levantarse hora y media antes que los demás.
Cuando bajó á la capilla, con sus compañeros, sentía el cráneo lleno de humo turbio y ardiente; los miembros le obedecían apenas; la tierra era muelle y se balanceaba en un vaivén amplio. En el estudio de la mañana temió caer desplomado en dos ocasiones. No desayunó, porque Mur le hizo continuar estudiando á Ovidio. Al fin, en la clase del Padre Ocaña, prorrumpiendo en un alarido desgarrador, escurrióse entre el banco y la mesa y fué á dar en tierra, poseído de frenesí. Sus compañeros se apartaban, sobrecogidos. Ocaña descendió ágil del púlpito y acudió en auxilio de Bertuco.
—Rielas, Benavides, vosotros que sois fuertes; ayudadme á sujetarlo.
Benavides, de rostro de chimpancé, solapado enemigo por envidia de Bertuco, se excusaba.