—No me atrevo... Parece un endemoniado.

—Te digo que vengas; no seas cernícalo. Es un ataque de nervios.

En esto, Bertuco recobró la calma. Yacía sobre el piso, de cemento, sin dar señales de vida. Mirábanse unos á otros, sin osar acercársele, cuando el niño se incorporó, sentándose. Emitía profundos, trágicos gritos de terror; adelantaba los brazos, como deteniendo invisibles agresiones; sus ojos se abrían desmesurados, casi blancos, á causa de la extremada contracción de la pupila, como la máscara antigua del espanto. Cayó de nuevo; cerró los ojos; conducía las pálidas manecitas tan pronto al corazón como á la cabeza, suspirando con leve y desolada quejumbre.

El Padre Ocaña trajo su sillón, del púlpito á la parte baja del aula, y en él acomodó al enfermo.

—Ahora, ayudadme vosotros dos: vamos á subirlo á la enfermería.

Allí, lo tendieron sobre una cama, desmayado aún. Acudió el Hermano Echevarría y se avisó á Conejo.

El caso era alarmante. Temerosos de la nesciencia del enfermero, los Padres acordaron llamar al doctor Cachano con toda urgencia.

Presentóse el doctor, un hombre enjuto, cetrino y alto, cuyas patillas piramidales y rucias eran como claudicantes orejas de borrico. Se armó de doradas gafas, apoyó la oreja sobre la caja torácica de Bertuco y auscultó recogidamente, frunciendo las cejas de manera sombría.

En aquel punto, á Bertuco le atacó una gran convulsión epileptiforme; agitaba desesperadamente brazos y piernas, arqueaba el cuerpo, apoyándose en los talones y en la nuca, ó pretendía arrojarse del lecho. Á la postre quedó postrado, inerte.

Ya en el pasillo, el doctor Cachano comunicó á Echevarría el plan terapéutico que había de seguir: baños templados, infusión de tila con azahar, bromuro y cloral.