—¿Es grave la cosa, doctor?

—Como puede que sí, puede que no. Á mí me inspira serios temores. Á este niño han debido darle un susto muy grande. Conviene que no le dejen solo un momento, y, sobre todo, yo, en el caso de ustedes, querido Padre Ministro, avisaba á la familia para sacudirme de encima responsabilidades—; y al sacudir, acordadamente, la cabeza, ondulaban las patillas, espolvoreadas de rapé que le había ofrecido Conejo.

Así que don Alberto recibió la carta con las tristes nuevas del mal de su sobrino, emprendió la marcha acompañándose de Trelles, un médico joven, inteligente y clerófobo furibundo. Llegaron á Regium en el tren de la tarde; á la media hora estaban en el colegio. Encontraron á Bertuco animoso y sonriente; viendo á su tío se sorprendió. Conejo dijo:

—Gracias á Dios, ya está bien. Pero nos ha dado un susto...

—¿Cuándo ha caído enfermo?—preguntó don Alberto, y acariciaba al niño en la mejilla.

—Ayer, en la clase de la mañana. No damos con la causa, porque él no dice nada. Ha sido un ataque nervioso muy violento. Sin duda, como están próximos los exámenes, el estudio excesivo...

—¿Podrá salir del colegio para reponerse? Lo encuentro muy pálido y flacucho.

—Como usted guste; pero no lo creo necesario.

—Sí, mejor será que me lo lleve mañana.

Bertuco oprimió alborozadamente la mano de su tío.