—Supongo que no habrá inconveniente en que el señor Trelles y yo nos quedemos esta noche velándolo aquí.
—¡Oh! ¿Inconveniente? Ninguno. Pero, ¿para qué?
—Sí, nos quedaremos.
—Como usted determine.
En estando á solas, pretendieron sonsacar á Bertuco la verdad de lo ocurrido; pero el muchacho no confesó nada.
Á las diez de la noche, Bertuco cayó en intenso sopor; su respiración era muy lenta y apenas perceptible; el pulso irregular, los ojos se iban hundiendo y sus extremidades enfriando.
—¡Trelles, Trelles, que se nos muere!—exclamó don Alberto, con la faz desencajada.
—No hay tiempo que perder... Frótele fuerte con el puño sobre el corazón, en tanto yo busco á ese idiota de enfermero.—Gritó á la puerta:—¡Enfermero, enfermero de los demonios!
—¿Qué quiere, pues?
—Éter, ¿hay éter?