—Ya, ya hay.

—De prisa, papanatas. Y botellas de agua caliente; de prisa, de prisa... ¡caracho!

Gracias á la inyección de éter, al calor del agua y á los masajes precordiales, el niño se reanimó.

—No puedo más, tío: hace dos días que no como.

—¡Ave María Purísima! Enfermero, una copa de Jerez y bizcochos; corriendo, hombre—. Y de que hubo salido el lego:

—Bertuco, á ti te han dado una paliza tremenda. No lo niegues, porque acabo de verte todo el cuerpo magullado.

—No, no; sería cuando me caí en la clase. Dicen que me daba golpes contra las patas de la mesa.

Hasta las once fueron llegando Padres, de vez en vez, que subían á interesarse por la salud de Bertuco. El Padre Atienza, gran amigo de don Alberto por haber sido compañero de niñez en el colegio de Orduña, subió el último. Los dos hombres se abrazaron con mucha cordialidad.

—¡Voto al chápiro! Entonces, ¿qué? ¿Te llevas al niño?

—Mañana, como no ordene otra cosa el amigo Trelles. ¿Podremos marchar?