—No hay inconveniente.

—¿No le parece á usted mejor, Trelles, ir en coche desde aquí?

—Lo apruebo.

Una pausa.

—Oye, Alberto; voy á decirte una cosa en secreto, regorgojo.

El jesuíta cogió de las solapas al caballero y lo condujo junto á la ventana.

—Me voy con vosotros.

—¿Eh?

—Que me voy con vosotros.

—¿Y eso?