—Para no volver más, qué recuerno. Lo he pensado mucho y ahora se me presenta la ocasión: es providencial. ¿Qué dices?—Don Alberto abrazó á su amigo; éste continuó:—Figúrate que no quieren publicarme mi gran obra sobre la evolución, en la cual he consumido mi vida. El tribunal encargado de juzgarla ha dictaminado que no tenía mérito bastante para ser publicada por un hijo de la Compañía, ¿habráse visto mastuerzos? Mira, te traeré de mi celda un paquetito, que sacaréis como cosa vuestra; son mis manuscritos. Mañana, á pretexto de acompañaros un momento, me introduzco con vosotros en el coche y luego, ¡viva la Pepa!
Don Alberto soltó la carcajada.
El resto de la noche se deslizó en paz. Cada vez que despertaba Bertuco, Trelles lo alimentaba con leche, Jerez y bizcochos, restituyéndole de esta suerte las perdidas fuerzas.
Y á la mañana siguiente, el Padre Atienza, don Alberto, Bertuco y Trelles, iban camino de Pilares, en un arcaico landó que con fatiga arrastraban tres caballejos de evidente y descarnada senectud. En la cuesta del Pedroso el mayoral gritó:
—¡Si no se baja alguno, los caballos no suben!
Descendió, con un salto alegre y muchachil, el Padre Atienza; siguióle Trelles. Bertuco se obstinó en imitarlos. Todos echaron pie á tierra.
Era una mañana primaveral y florida. Cubría la mocedad del campo un bozo de verde tierno. Los más vetustos troncos reflorecían de juventud. En los nidos brotaban las primeras voces. El señor malviz tañía su flauta. La vaca matrona rumiaba al pie del roble; temblaba la esquila, y el humo aldeano y azul sujetaba el cielo á la tierra. Luego, el caballero grillo rascaba su averiado violín en el umbral de la covacha.
—¡Hay grillos!—suspiró Bertuco.
—¡Cuánta hermosura, Dios mío, cuánta libertad!—El Padre Atienza abría los brazos y se ponía cara al firmamento.
Don Alberto comenzó á recitar, sonoramente: