ó la exquisita, delicada, fina curva de la luna nueva en primavera.
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Para mí cada hora de luz y sombra es un milagro;
cada pulgada de espacio y de tierra,
... las briznas de hierba...
inefables y perfectos milagros. ¡Todo, todo, todo!»
Los otros tres le oían mudos, fascinados.
—¡Bendito sea Dios!—comentó el Padre Atienza, así que hubo concluído don Alberto.
Después de una pausa, con transición absurda, Trelles preguntó en seco al Padre Atienza:
—¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de Jesús?