[3] Á guisa de escolio, creo oportuno agregar algo que me acaeció hace cosa de cinco años. Habíame ido á pasar el mes de Agosto en un lugar costero del Cantábrico. En compañía de un amigo, paseaba largamente, discurriendo y dialogando acerca de todas las cosas. Solían ir con nosotros algunos niños, hermanos de aquél, los cuales se holgaban de ordinario á su manera alejados de nuestra conversación. Cierta tarde explicaba yo á mi amigo las aficiones táctiles del Hermano Echevarría (que tal es su verdadero nombre), del cual hube de ser yo frustrado sujeto paciente en el colegio de Gijón, cuando hete aquí que uno de los niños, alumno á la sazón de los jesuítas, comienza á reir alocadamente. Volvímonos á él, preguntándole la causa de tanto regocijo. El muchacho nos dió á entender que había oído mi cuento. Cuando pudo hablar, dijo: «Lo mismo que ahora.»

Es decir, que si mis cálculos no yerran, este laborioso lego lleva diez y seis años dedicado á estudios de organografía comparada. ¡No está mal! Tengo entendido que continúa en el colegio de Gijón.

[4] —Entonces, lo que usted debe hacer es ir inmediatamente al convento. ¡Qué alegría! Es usted un ángel.

—Pero, querida Aurora; no es cosa fácil. ¿Cómo voy á ir si no conozco á nadie?

[5] Quién, qué, en dónde, en favor de quién, cuántas veces, por qué, de qué manera, cuándo.

[6] —Padre mío, Padre mío.

—Hermana mía, querida hermana, hermanita.

[7] —De cantar mejor.

[8] —Pues, ¡Aleluya!

[9] —Quiá. Qué amable es usted...