¡Viva lo blanco! ¡Muera lo negro!
Á mí me gusta la niña
Con zapatitos de terciopelo.
Zapatitos de terciopelo... Jamás los había visto Bertuco. Imaginólos en el acto, á manera de cimientos de una rica hembra desnuda, más rellenica que Rosaura y con penumbrosos recodos en alguna parte. Por evitar la tentación abrió los ojos. La luz era mortecina y amodorrante. Volvió la pupila llorosa hacia las estampas de la cabecera, y con determinada dilección la puso en la imagen de San José, aquel varón manso que había sido puro y sencillo. Incorporóse y besó la florecida vara del santo.
El sereno, con pie inaudible, se acercó á la camarilla de Bertuco, habiendo oído dentro algún rumor. Espió á través de la mirilla y penetró repentinamente en el mechinal, sorprendiendo al niño cuando besaba el cromo. Era el Hermano Mancilla, y habló malhumorado:
—¿Qué te haces, pues, ahí, mastuerso? ¡Ah! Tú, Bertuco, que te eres... Dispensa. ¿Qué majadería es esa? Duérmete, pues, de seguida.