Obedeció el niño. El jesuíta le acarició la frente.

—Duerme, Bertuco. El Señor sea contigo—. Salió, cerrando por fuera la portezuela.

Bertuco hundió el rostro entre la almohada, solicitando el sueño ahincadamente, por huir de sus propios pensamientos.

Oíase el susurro de la lluvia contra los ventanales y algunos sollozos, saliendo ahogadamente de camarillas remotas.

Bertuco se acordó de que iba ya para dos meses que no hacía sus oraciones antes de dormirse; comenzó á bisbisear sin lograr aplicarse á infundirlas un sentido. Una sola idea se alojaba en su mente, expandiéndose, expandiéndose como si amenazase quebrarle el cráneo. Era la idea de tener que confesarse y descorrer ante un sacerdote el velo de sus pudores mostrándole aquella vergüenza. ¡Tenía ya malicia! El demonio le había iniciado en el gran secreto que rige al mundo.

Se le hacía presente la escena y el supremo minuto en que su infame preceptor le había sugerido inmundas verdades, induciéndole á pecaminosos actos con la hija del jardinero. Bertuco no quería oir; huyó aterrorizado. El seminarista, riéndose, corrió á darle alcance. Luego, había remachado sobre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No, no podía ser tal monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su madre. «Entonces... mi madre... ¿Y la Virgen?» había suspirado roncamente. Acudió el seminarista con textos de la doctrina, los cuales en el instante adquirieron cabal sentido.

Fué un cataclismo. El edificio de su piedad y fe cayó, y entre la confusión ruinosa corrían los lagartos de los malos pensamientos y deseos, calentándose al sol interno de una lujuria meditativa, creciente, avasalladora, porque lo presunto érale incentivo y alimento. Se retrajo á los parajes esquivos de la aldea y á los rincones apartados de la casa. Su espíritu modelaba en todo punto fantasmagóricas esculturas de carne femenina y rectificaba las formas, aspirando á la realidad desconocida. Bertuco devoraba á las mujeres con ojos ardorosos, imaginando la desnudez plena por las sugestiones que le ofrecían pliegues, caídas y adherencias del ropaje; acechaba una pierna que en fugitivo movimiento se mostrase, un brazo arremangado, la hendedura y suave henchimiento de un descote... Comenzó á dudar de la sabiduría del omnipotente, que había dispuesto para la propagación de la especie acto tan torpe y puerco, y no un arbitrio más decoroso y amable. Sintió repugnancia de sus progenitores y desprecio de sí propio, considerando su bajo y vergonzoso origen. Llegó á mirar con odio á sus semejantes. Cada vez que tropezaba con una madre amamantando al pequeñuelo, con una señora encinta, con un matrimonio, volvía el rostro, asqueándose y reconstruyendo, á pesar suyo, hipotéticas intimidades é inmundas complacencias. Pero todo su ser aspiraba hacia la hembra. Una mano soberana é ígnea le asía por la nuca, lanzándole vertiginosamente al amor. Cayó. ¡Oh, aturdimiento y rabia de los primeros tanteos, en los cuales una ignorancia frenética se ayuntaba con otra ignorancia pasiva, incapaces de consumar el incógnito acto! Rosaura, la hija del jardinero, aquella rapacina pelirroja y tímida, fué la compañera de pecado: era una adolescente informe y glabra aún.

Después, las torturas de ver cómo el curso se le echaba encima, su despego de los deberes religiosos, su horror al tribunal de la penitencia, la aridez y tenebrosidad de corazón...

Y la lluvia batía contra los vidrios. Una voz angustiada hendía la paz del dormitorio: «¡Mamá! ¡Mamá!» De fuera del colegio llegó, apagado y suspirante, un canto campesino:

Á mí me gusta lo blanco.