La solución de ultratumba no queremos aventurarla. Pero como de esto han corrido muchos años, algo podemos decir del destino terrenal que pesaba ya sobre aquellos cráneos candorosos.

Sumidos en el triste recogimiento del estudio estaban: Luis Felipe Ríos, que había de morir frenético, de parálisis general; Rielas, que había de morir alcohólico; Lezama y Menéndez, á quienes habían de recluir en sendos manicomios; Macías Guarino, su hermano Enrique, Celedonio Pérez, Caztán y Borromeo Gusano, que habían de morir tuberculosos; Manolo Trinidad, que había de llegar á ser bardaje; Forjador, jesuíta, y Ricardín, alcalde de Regium. Nada queremos adelantar de Bertuco y Coste.

Entretanto, el Padre Sequeros seguía planteándose el para él magno problema: «¿Quiénes se salvarán? ¿Quiénes se condenarán?»

Á las ocho menos cuarto asomó por la puerta del estudio el temible morro del Padre Mur, un morro puntiagudo y vibrátil como el de las ratas de alcantarilla. El Padre Sequeros le dejó el púlpito y salió del estudio, á fin de tomar su refección vespertina.

El Padre Mur creyóse también en la obligación de pronunciar unas palabras. Hízolo muy secamente, mirando á los alumnos con manifiesto desdén y agrura. Insistió repetidas veces en lo saludable y provechoso de los castigos para quien los recibe, y, á guisa de epílogo, advirtióles que lamentables benevolencias de otros Padres tendrían necesaria compensación en su justa severidad (la de Mur). Los niños vieron en sus últimas frases una clara alusión al Padre Sequeros, á quien odiaba, y no era preciso ser muy listo para echarlo de ver.

Luego de terminar tan sucinta y rotunda plática, les conminó á que inmediatamente le fueran entregando relojes, monedas, cortaplumas y cualesquiera otros objetos prohibidos, por ser ocasión de distracciones en clases y estudios. Así lo hicieron todos.

Á las ocho comenzó la cena. Á las ocho y media había terminado. Después de una breve oración en la capilla particular, los colegiales subieron al dormitorio, yendo cada cual á guardarse en su respectiva camarilla.

VI

Bertuco fué despojándose pausadamente de sus vestidos. Contempló algún tiempo el camastro, pequeñuelo y blanquísimo, amable ensenada á donde se recogía después de los diurnos afanes, entregando su espíritu en brazos de los ángeles por que lo recreasen con dulces ensueños y anticipaciones de la gloria venidera. Había sido el lecho de su virginal candor; ya no podía volver á serlo. No se atrevía á acostarse, cual si fuese una profanación. Cruzó los brazos y abatió la cabeza. Estábase así cuando el Padre Sequeros le sacó de su ensimismamiento tocándole el hombro con blandura.

—¿Por qué no te acuestas, Bertuco? Vamos, acuéstate.