Carcajada unánime.
—No, si digo... vamos, algún instrumento.
—¿De viento?
—Bueno; tocar algo.
—Ya estás tocando el violón.
Nueva carcajada, sobre la cual salía la voz aguda de Manolo Trinidad, el hipócrita alfeñicado y casi femenino que se pasaba el curso haciendo la pelotilla, adulando y llevando chismes á los Padres. Coste se sentó furioso, y con disimulo hizo señas á Trinidad, dándole á entender que pensaba romperle algo, hacia la cabeza.
Conejo salió del estudio con aire marcial y exagerado contoneo.
El inspector, desde lo alto del púlpito, enderezó breves frases de salutación á los alumnos, y terminó diciéndoles que podían hojear los libros de texto en tanto llegaba la hora de la cena. Levantóse entonces un revuelo sordo, y, á poco, la muchedumbre de cabecitas se inclinaba atentamente sobre el pupitre.
V
Unos pasaban y repasaban con afán las páginas; otros meditaban, la cabeza hundida entre las manos; algunos cayeron dormidos. Había un religioso silencio. El Padre Sequeros derramaba una turbia mirada de misericordia sobre todos ellos; los escrutaba luego con ahinco, como si se esforzase en descifrar vagos enigmas. «¿Qué ha sido de ellos? ¿Qué será de ellos?», se decía. Su destino humano no le inquietaba, sino la eterna solución de aquellas vidas. «¿Cuántos se salvarán? ¿Cuántos se condenarán?» Y le tomaba un temblor de espanto.