Conejo paseó su mirada sobre los muchachos; le bailaba siempre en los ojos la alegría de vivir, y ahora con harta razón. Hubo un gran silencio, que el Padre Ministro prolongó adredemente, gozándose en él como en una lisonja. Un hipo descomunal resonó en el estudio.

—¿Quién es el marrano?—preguntó Conejo, aparentando severidad.

Los vecinos del culpable, con esa baja intención característica de la infancia, y que los jesuítas cultivan con mucho esmero, en fuerza de miradas y gestos, lo colocaron en tanta turbación, que ella misma hubo de delatarle. Era Marcialito, hijo del heroico general Pandolfo.

—¿Es esa la educación que te dan en tu casa? ¿Te parece éste sitio para regoldar?—y Conejo fruncía las cejas de una manera tan ridícula, que todos rompieron en una gran carcajada.

Á seguida comenzó el reparto de libros de texto. Los niños pasaban, uno por uno, recogiendo los que le correspondían. Á Bertuco le entregaron la «Psicología, lógica y ética», de Ortí y Lara; la «Geometría», de Rubio, y el segundo de Francés, de Goicoechea. Concluída la distribución, Conejo preguntó quiénes querían inscribirse en las clases de adorno. Bertuco se matriculó en violín y dibujo. Coste, aterrorizado ante el hastío tremebundo de las interminables horas de estudio que tenía por delante, juzgó cómodo expediente solicitar alguna clase de adorno, ya que éstas se seguían hurtando el tiempo al estudio.

—Padre, yo quisiera...

—¡Bravo! El señor Coste quisiera... ¿Qué quisiera el señor Coste?

Un poco cortado ya, el mofletudo Coste continuó:

—Pues yo quisiera tocar algo...

—Pero, hombre, si parece que lo estás tocando siempre...