Paseando, Bertuco, en cuantas coyunturas se le presentaban, escudriñaba la fisonomía del amigo y maestro; ahora, con el rabillo del ojo; ahora, franca y descubiertamente, aprovechando que el Padre Sequeros caminaba abstraído. Era patente, en opinión de Bertuco, que el jesuíta recibía á sus alumnos con alegría dolorosa, así como aquel á quien devuelven prendas queridas, las cuales, con la ausencia, han sufrido detrimento y mal daño.

Detuviéronse á mirar cómo caía el agua en los grandes patios de recreación, vacíos y fangosos. Luego, el Padre Sequeros tomó á Bertuco dulcemente por las sienes, elevándole un poco el rostro, de manera que lo podía contemplar á su sabor, como lo hizo.

—Estás más delgado, Bertuco. Y algo pálido. ¿Por qué no levantas los ojos? ¡Ay, Bertuco! ¡Has perdido la pureza: estás en pecado mortal!

—No, padre. Por esta vez se equivoca—. Pero no lograba reirse, como pretendía.

—Calla, calla, Bertuco. No agraves tus faltas con la mentira—. En sus palabras no había acritud, sino infinita amargura.

Comenzaron á llegar los alumnos, lentamente. Los nuevos, de la tercera división, lloraban casi todos. Los antiguos se saludaban y abrazaban, con cierta timidez y encogimiento, como si los tres meses de separación les hubiera extrañado á unos de otros. Á las seis de la tarde estaba el hato completo, en la majada jesuítica.

IV

Las divisiones se encaminaron, en dos filas, á sus respectivas salas de estudio ó estudios, á secas, según el estilo vernacular del colegio.

Son los estudios grandes salas, de muros blancos y desguarnecidos; mesas de pino barnizado, cada una con cuatro pupitres ó cajones, que así se llaman, los cuales se abren en dos hojas laterales, de suerte que al ser usados no oculten la cabeza del alumno; miran todas las mesas en un sentido, y están repartidas en dos bandas, dejando en el medio angosto pasadizo; dominándolas, se levanta el púlpito del inspector, con acceso de uno y otro lado; en la pared, sobre el púlpito, un doselete y la Inmaculada Concepción.

Se rezó el rosario, se hizo lectura espiritual... Llegó el Padre Eraña, interrumpiendo la lectura, y fué á colocarse en la mesa de cabecera, vuelto hacia la división. El alto cargo que le habían conferido le tenía lleno de inocente orgullo, que se traicionaba en la sonrisa satisfecha y en cierta arrogancia pretendida, incompatible con la desmedrada humanidad del buen Conejo. Era hombre sencillo, de cortísimas luces y su rostro plebeyo. Usaba, como todos sus compañeros, bonete sin borla, de puntas desmesuradas, que á media luz y algo á lo lejos remedaban las erectas orejas de un asno. Se ignora la génesis del remoquete con que era caracterizado el Padre Eraña; veníale ya de Carrión de los Condes.