—Si le molesta mirar, no mire—gruñó, y al punto devoró la carne.
El Padre Mur le volvió la espalda. Este fué el único incidente de la comida. Terminada ésta, salieron á la recreación. Como llovía, se acogieron al cobertizo. Los contados alumnos fueron divididos en varios grupos, según la división á que pertenecían, y entregados á la tutela de sus inspectores correspondientes. Habiéndose ido á comer Mur, los de la primera división quedaron con el Padre Sequeros, su inspector primero. El Padre Sequeros no parecía el mismo que había llegado á Regium tiempo atrás, con el cráneo alto é imperativo, en son de conquista religiosa. Su cabeza, ahora, propendía á la humillación, como si el perseverante yugo de la adversidad la hubiera impreso una actitud sumisa; había enmagrecido y perdido la turgencia juvenil del rostro, bien á causa de una enfermedad, acaso por obra de morales sufrimientos, quizá en virtud de penitencias excesivas; tal vez por las tres cosas juntamente. Manifestábase con esa incertidumbre y timidez constantes de los seres inofensivos que viven en un medio hostil, sometidos á caprichosas vejaciones. Pero, cuando estaba á solas con sus chicos, se afirmaba en sí propio, desentumeciánsele las alas del corazón y comenzaba á esponjarse, á reir, á retozar... La cabeza tornaba, poco á poco, á adquirir noble imperio; los ojos se caldeaban; la voz se hacía tierna y velada; los brazos, larguísimos, según correspondía á su aventajada estatura, se desplegaban como una gran cruz que cobijase la infantil muchedumbre. En esto llegaba el Padre Mur, aquel drope gélido y narigudo. Repentinamente, el Padre Sequeros perdía toda animación, todo fervor, todo entusiasmo; volvía á ser el hombre ahuyentado, receloso, encogido.
El Padre Sequeros paseaba bajo el cobertizo, llevando á sus lados á Bertuco y á Bárcenas, segundón del marquesado del Santo Signo. Coste se entretenía jugando á solas con el balón. El jesuíta apoyaba sus manos en los hombros de los dos niños, atrayéndolos hacia sí al tiempo que les dirigía dulces palabras de afecto y bienvenida, junto con preguntas referentes al empleo del verano.
—Vamos á ver, ¿habéis conservado la devoción al venerable Padre Crisóstomo Riscal?
Los niños asentían tibiamente.
—¿Habéis contribuído á propagar su devoción?
—Yo, la verdad, Padre... como estuve en la aldea y los aldeanos no entienden mucho de eso...—dijo Bertuco.
—Yo, sí, Padre. Mis hermanas, sobre todo Amalia y Enriqueta, son ya muy devotas—aseguró Bárcenas.
—¿Y la Piísima?—interrogó el jesuíta—. ¿La habéis hecho todos los días?
Respondieron que sí. El Padre Sequeros se inclinó á mirarles, con expresión dubitativa y severa. Los niños se ruborizaron, considerando descubierto su embuste. Creían que el Padre Sequeros estaba dotado de sobrenaturales dones adivinatorios, y que no hacía sino mirar á una persona para leer en el más replegado y lóbrego rincón de su pensamiento. Al cabo de unos minutos de silencio, el jesuíta indicó que jugaran un rato, por bien hacer la digestión. Bárcenas fué á empeñarse en singular y desaforado combate con el mofletudo Coste. Bertuco, pretextando cansancio á causa del viaje y del madrugón, continuó paseando con el jesuíta. Eran muy aficionados el uno al otro. El Padre Sequeros gustaba de la riqueza sentimental y avispado juicio del muchacho; le amaba entrañablemente, recelando que había de ser carne de libertinaje y espíritu de impiedad en saliendo al mundo. ¡Pobre almita! ¡Tan sonora! ¡Tan apta para que los dedos capciosos del enemigo malo le arrancasen una música de infernal fascinación! Bertuco, á su vez, amaba al Padre Sequeros con un amor que participaba del respeto que nos inspiran las cosas grandes y misteriosas.