—¿Oyes? Un ruido... ¡Dios mío, si nos oyesen!
Coste, que aunque se las daba de hombre terrible era en la entraña tan infeliz como patrañuelo, empalideció densamente ante la posibilidad de la expulsión ó de un castigo acerbo. En este punto sonó el pito de una fábrica; á poco, la campana del regulador conventual, llamando á la refección meridiana. Coste y Bertuco salieron corriendo. En cuatro brincos se plantaron en el refectorio.
III
El refectorio es una pieza alongada, de aire ceniciento; el piso, embaldosado de losetas grises; las paredes, grises y desnudas; al pie y adosados á ellas, bancos de pino; delante de los bancos, largas mesas con tablero de mármol gris; por fuera de las mesas, pequeños escabeles de pino. En la cabecera del refectorio, un crucifijo grande. De una banda, ventanales, y, promediándolos, un púlpito, desde donde el lector complementa y ensalza la torpe función de la comida material derramando sazonado y provechoso alimento para los espíritus.
Aquel día, como primero de curso, la refección se hacía sin el ritual y solemnidad establecidos en el reglamento. No hubo lector, porque apenas si había oyentes; Bertuco, Coste, Bárcenas y cuatro ó cinco nuevos, los cuales, en las mesas destinadas á la última división, hundían la nariz en el plato, emperrándose en no comer. Los demás alumnos, apurando los postreros y perentorios instantes de libertad, aguardaban la caída del día para venir á recluirse. De frente á frente del refectorio paseaban los que habían de ser, durante todo el curso, vigilantes de comidas: el nuevo Padre Ministro (Conejo) y el Padre Mur, segundo inspector de la primera división.
Conejo concedió inmediatamente «Deo gratias», esto es, permiso para hablar, y él mismo entabló, á seguida, conversación con sus amigos de años anteriores, enderezándose preguntas chuscas y haciendo payasadas y facecias, á que era muy inclinado. La carcajada muchachil, sincera ó hipócrita, puesta á guisa de comentario á raíz de sus donosidades y contorsiones, le originaba satisfacción tan plena como á un general romano la ovación.
Coste trasladaba al estómago los colmados platos, y al plato las colmadas fuentes. El Padre Mur lo aborrecía sin disimulo y lo asaeteaba con ojos fríos, acerados. Conejo contentábase con burlarse de tanta glotonería.
El Padre Mur se detuvo, cara á Coste. El muchacho, que en el instante aquel hacía presa en un trozo de carne, se quedó paralizado.
—Pero, hombre—susurró el jesuíta, frunciendo la boca como si se sintiese acometido de una náusea—, comes como un gorrino. Da asco mirarte. ¿No te han dado de comer, durante el verano, en tu casa?
El mofletudo Coste miró al Padre Mur; primero, con la dolorida dulzura de un can á quien sin razón maltratan; luego, con la agresividad admonitoria de la bestia que se apercibe á hincar el diente en la mano que la hiere.