—Vamos, Atienza...—Sequeros hablaba blandamente, así como si quisiera reprochar á su amigo, sin que en puridad hallase razón para hacerlo—. Cualquiera que te oyera...

—¡Qué cuerno! Ya sabes que yo se las canto al más pintado. Y esto, ¿qué tiene de particular, hombre? Las madreselvas me estomagan.

Oyeron pasos á la espalda. No quisieron volver la cabeza. Sequeros murmuró rápidamente:

—No deseaba otra cosa que dedicarme por entero á mis hijitos.

—Y yo á mis librazos, carape.

El Padre Mur se les emparejó. Atienza volvióse al intruso, y con tono campanudo lo interpeló:

—¿Qué hay, mi querida doña Petra? ¿Cuándo se corta usted esa verruga? Vaya, vaya, Petrita, no te enfurruñes, que por tu bien te lo digo. La verruga te afea bastante.

—¡Qué chanzas, Padre Atienza...! Á su edad...—rezongó muy mohino Mur.

—Pero, Petrita, ¿qué te has creído? Cuando más, te aventajo en ocho ó diez años. Pero, aun cuando fuera en cuarenta, ¿ignoras, Petrita, que es más viejo un burro á los veinte que un hombre á los sesenta?

—Bueno, Padre; ya sé que no soy ningún Séneca, ni tampoco entré en la Compañía para cubrirme de gloria mundana. La tiene usted tomada conmigo y yo le digo que un poco de caridad no le estaría mal. Yo no me defiendo; pero lo que usted hace es impropio de un hijo de la Compañía. Si el Padre Superior entendiera en estas minucias...